Con una proyección de algo más de 13 millones de habitantes, la población de el Ecuador, con una mayoría mestiza pero con una presencia importante de pueblos y nacionalidades indígenas, y un pequeño sector afrolatino, da lugar a una sociedad pluricultural y multiétnica. Tanto los niveles altos de pobreza del país como la inequitativa distribución de los ingresos provocan graves limitaciones y exclusiones en cuanto al acceso de la población a niveles de bienestar social básicos como educación, salud, vivienda, alimentación y empleo.
La situación económica de la mayoría de la población sufrió un punto de quiebre en enero de 2000, cuando, luego de una grave crisis, la dolarización de la economía modificó sustancialmente la situación de los amplios sectores medios y pobres, provocando un mayor deterioro de sus economías.
Consecuencias de la crisis
del cambio de siglo
Luego de un prolongado período de estancamiento desde 1982, al año 1999 se le recordará por registrar la mayor caída del PIB, que se contrajo un 30,1 por ciento: de 19.710 millones de dólares cayó a 13.769 millones. Por su parte, el PIB por habitante se redujo en casi un 32 por ciento, al desplomarse de 1.619 a 1.109 dólares. Esta implosión de la economía comenzó a fraguarse años antes como resultado de políticas de inspiración neoliberal, encontrando su punto más complejo en el torna siglo.
En este contexto, Ecuador vivió uno de los procesos de empobrecimiento más acelerados en la historia de América Latina: entre 1995 y 2000, el número de pobres creció de 3,9 a 9,1 millones y en términos porcentuales, del 34 al 71 por ciento; la pobreza extrema dobló su número de 2,1 a 4,5 millones, con un salto relativo del 12 al 31 por ciento. El ingreso por habitante del Ecuador alcanzó apenas un 43 por ciento del promedio latinoamericano. Lo anterior vino acompañado de una mayor concentración de la riqueza: así, mientras en 1990, el 20 por ciento más pobre recibía el 4,6 por ciento de los ingresos, en 2000 captaba menos de 2,5 por ciento. Entre tanto, el 20 por ciento más rico incrementaba su participación del 52 a más del 61 por ciento. Esta inequidad es, sin duda alguna, una de las principales explicaciones de la pobreza.
La consecuencia lógica de esta evolución económica fue el cierre de empresas, el masivo desempleo y subempleo, la caída de los ingresos, la reducción de las inversiones sociales, la creciente inseguridad ciudadana, el deterioro de la calidad de vida, la reducción vertiginosa de la confianza en el país… En tales circunstancias, también se inició un proceso sostenido de emigración, cuya magnitud y velocidad no tienen precedentes. Según varias estimaciones, de 2000 a 2005, mucho más de un millón de ecuatorianos habrían salido del país; hay cálculos que establecen que el número de ecuatorianos y ecuatorianas en el exterior puede bordear los 3 millones2, pues es necesario recordar que el país experimenta desde hace medio siglo una salida continuada de habitantes de las provincias de Azuay y Cañar.
La dolarización no fue la panacea esperada. Por el contrario, la ansiada reducción de la inflación, que en 2000 estaba lejos de una hiperinflación, se demoró casi cinco años hasta alcanzar niveles internacionales, con el consiguiente deterioro del costo de vida y de la competitividad del aparato productivo. Las tasas de interés, que se esperaba que bajaran con la dolarización, se mantienen en niveles elevados, aún más altas a las registradas en créditos en dólares en países vecinos cuyas economías no están dolarizadas. En estas condiciones, con una economía que no encuentra la senda de la reactivación, el desempleo, que en los momentos más duros de la crisis bordeo el 17 por ciento de la población activa, continúa siendo un problema; incluso habría recobrado una tendencia creciente en los últimos años, al haber aumentado del 8 por ciento en 2003 a cerca del 12 en el año 2005.
Lejos de incrementarse, las respuestas estatales al creciente déficit social, las inversiones y el gasto en el campo social en las dos últimas décadas se han estancado o han disminuido. Las inversiones efectivas en educación y cultura, en salud y desarrollo comunal, y en desarrollo productivo de las pequeñas y medianas economías campesinas, representaron, en el año 2004, el 10 por ciento de los egresos presupuestarios, mientras que el servicio efectivo de la deuda pública, sobre todo externa, superó el 50 por ciento. Y para cerrar este cuadro, téngase presente que siendo Ecuador uno de los países con mayor biodiversidad del planeta, ocupa los últimos puestos en los indicadores ambientales del Foro Económico Mundial.
Las tablas de salvación
de la dolarización
La economía vive una dualidad: por un lado, presenta cifras macroeconómicas relativamente estables y por otro, su aparato productivo no petrolero no encuentra la senda de una recuperación sostenida, lo que se refleja en las mencionadas elevadas cifras de desempleo y en el continuado deterioro de las condiciones de vida de la población.
La evolución del ingreso per cápita nos dice que éste pasó de 1.336 dólares (dólares de 2000) en 1994 a 1.455 dólares en 2004, año en que la economía creció un 6,9 por ciento. El principal impulsor del crecimiento fue la actividad petrolera privada, con más del 32 por ciento. Los sectores de la industria, comercio y agro, que generan más de la mitad de los puestos de trabajo, crecieron apenas un 1,9 por ciento, o sea, a un ritmo inferior al incremento de la población. De hecho, el agro se encuentra al borde de la recesión.
Dos recursos animan la economía: el petróleo, en este momento con precios altos, y las remesas de los emigrantes (alrededor de 1.600 millones de dólares en 2004), que constituyen el segundo rubro de ingresos nacionales. Otros factores externos han sido la recuperación de la economía de los EE.UU., en donde están más del 40 por ciento de las exportaciones ecuatorianas, las bajas tasas de interés en el mercado financiero internacional, que han aupado el endeudamiento externo privado, la depreciación del dólar, que ayudó a recuperar marginalmente los bajos niveles de competitividad, así como el ingreso de narcodólares.
Las importaciones han aumentado rápidamente, una situación que se explica, entre otros factores, por efecto de la rigidez cambiaria que abarata las compras externas. Mientras que las exportaciones se incrementaron gracias a la elevación de precios del crudo, las exportaciones no petroleras prácticamente se han estancado, también por efecto de la pérdida de competitividad provocada por la dolarización. En ese contexto, la balanza comercial no petrolera registró en 2004 el mayor déficit republicano, con casi 3.200 millones de dólares. Un nuevo estrangulamiento externo podría estar a la vuelta de la esquina, dependiendo en gran medida de la evolución de los precios del petróleo.
La válvula de escape
de las migraciones
Más allá del impacto múltiple de las migraciones, con efectos complejos, están dos hechos: las modificaciones que en la cultura ecuatoriana irán provocando las experiencias interculturales y la generación de ingresos cuantiosos para la economía ecuatoriana, al tiempo que se disminuye la presión laboral.
El hecho de que casi uno de cada cuatro habitantes de Ecuador haya emigrado ha modificado el contexto familiar y social de la sociedad ecuatoriana, transformando a las familias en una red de alianzas y de vínculos que a su vez alimentan el proceso migratorio, convertidas en auténticas “familias transnacionales” favorecidas por la facilidad de comunicación y el mantenimiento de relaciones con un valor emocional significativo. Hablamos de la instauración de un tipo de relaciones afectadas por las ausencias y alimentadas a su vez por presencias imaginadas a través de Internet o el teléfono. Las familias se ven inesperadamente desestructuradas con impactos diversos (algunos sumamente perjudiciales), particularmente entre niños y jóvenes que se quedan a cargo de familiares, y se encuentran obligadas a reestructurar nuevos modos de comportamiento y supervivencia.
De acuerdo con el BID, “el arma más eficaz para combatir la pobreza en América Latina no proviene de los gobiernos ni de la ayuda externa, sino de las remesas de los emigrantes”. De acuerdo con investigaciones recientes, la pobreza cayó en unos ocho puntos porcentuales en los años 2001 y 2002, de los cuales al menos cinco puntos serían explicados por las remesas de forma directa y otro tramo de forma indirecta. El monto de remesas es superior al gasto social (a la inversión extranjera directa, a las exportaciones de los principales productos agrícolas y pesqueros, a la llamada ayuda al desarrollo). Esta inyección directa de dinero en la economía popular ha quitado presión sobre el Estado para aplicar programas sociales más intensivos y permanentes.
Además de la mencionada crisis y sus secuelas, entre las causas estructurales de la emigración se pueden señalar: la debilidad del mercado interno y la baja absorción de fuerza de trabajo por parte del sistema productivo; la ausencia de políticas generadoras de empleo; el débil desarrollo de las ciudades intermedias y pequeñas; y la debilidad de las instituciones nacionales y de los servicios sociales. A ello se suman una cierta incertidumbre y desesperanza colectiva en torno a las oportunidades de desarrollo personal, surgidas a partir de la crisis, y los imaginarios sociales en torno a las ventajas de la emigración. Otras razones podrían encontrarse en las estrategias de supervivencia y/o acumulación desplegadas por muchas personas que encontraron en las mismas remesas una razón suficiente para emigrar.
Pero el Ecuador vive también en los últimos años el fenómeno contrario: una afluencia nunca antes conocida de ciudadanos colombianos afectados por el conflicto armado en su país y trabajadores peruanos, atraídos también en ambos casos por los dólares. Se calcula que 600.000 colombianos y 300.000 peruanos ocupan muchos de los empleos abandonados por la emigración ecuatoriana.
El reto de ser o no ser país
Del contexto rápidamente descrito se desprende una realidad política compleja. A partir de 1997, el país entró en un período de aguda inestabilidad que ha significado la sucesión de siete mandatos presidenciales, con el derrocamiento de tres gobiernos constitucionales.3 Las sucesivas crisis han sido resueltas a partir de interpretaciones constitucionales por parte del poder legislativo, lo que ha impedido que se quiebre el régimen democrático formal reinstaurado hace 26 años, el período democrático más largo de la historia ecuatoriana. Sin embargo, el hecho de haber resuelto las crisis de gobierno a base de interpretaciones de la Constitución, sumado a intervenciones políticas orientadas a satisfacer las demandas de los grupos oligárquicos provocó un deterioro del Estado de Derecho y afectó a la credibilidad de la población sobre su democracia, debilitando la gobernabilidad. Otra explicación para la emigración.
La historia reciente del Ecuador es la historia del masivo irrespeto e incluso sistemático desmantelamiento de muchas de sus instituciones. La misma Constitución Política del Ecuador, expedida en 1998, ha sido y es atropellada. Por ejemplo, a pesar de que el sucre sigue siendo constitucionalmente la moneda nacional, el dólar estadounidense es la única moneda que circula. Para comprender mejor este desgaste institucional, basta con ver que prácticamente desde diciembre del año 2004 hasta la fecha no hay Corte Suprema de Justicia, ni Tribunal Constitucional, que la Fiscalía funciona con un subrogante desde hace varios meses y que, desde hace un par de años, se registra una situación similar en la Contraloría General de la Nación. Incluso la persona recientemente nombrada como Defensor del Pueblo, luego de ejercer esa función por encargo durante un lustro, se encuentra impugnada.
En paralelo con la política autoritaria derivada de un manejo económico concentrador y excluyente, con prácticas patrimonialistas y muchas veces corruptas, el Ecuador se ha visto envuelto en la lógica bélica del Plan Colombia. Simultáneamente se alienta ingenua y entusiastamente la firma del Tratado de Libre Comercio con EE.UU., cuya suscripción conducirá a reformas profundas, incluso de su Constitución, a la que habrá que poner a tono con los intereses norteamericanos. Todo esto pone en entredicho la existencia de este pequeño y maravilloso país andino aferrado a una línea imaginaria conocida como Ecuador.
Notas al pie de página
1 Por cierto que la inequidad no solo se manifiesta en el campo económico y social, pues hay otras facetas culturales, étnicas, regionales, ecológicas y de género.
2 Un cinco por ciento de la población ecuatoriana vive en España.
3 De los siete gobernantes, dos se encuentran en la actualidad detenidos, un tercero ya cumplió su condena, dos más están prófugos fuera del país al igual que un ex vicepresidente y varios ministros.
Alberto Acosta es economista ecuatoriano. Este artículo fue publicado originalmente en la Revista PUEBLOS de Diciembre de 2005.

