Entre la llegada al puerto de Valencia del barco Aquarius con más de 600 personas rescatadas en el mar y el supuesto uso de cal viva en un salto a la valla de Ceuta, pasó apenas un mes. Tiempo que bastó para que el incipiente debate sobre un posible cambio en la política migratoria quedara aplastado por los mensajes del miedo que predominan en torno a ella. Un enfoque que las élites políticas y económicas han necesitado siempre y al que recurren de nuevo para mantenernos en shock, en un silencio cómplice ante la implementación de controles cada vez más férreos, con vallas, cámaras y sofisticados dispositivos de costes millonarios y consecuencias mortíferas, desarrollados por la industria armamentística.
La orientadora laboral del colegio en el que estudié Bachillerato me dijo en varias ocasiones que estudiar Periodismo no era una buena idea. Puede que pensara que no estaba capacitada para juntar palabras, pero quizá simplemente estaba pensando en mi futuro. Vivir del periodismo es (casi) una utopía. Puedes estar meses trabajando en un tema que, si tienes un poco de suerte, te pagarán una miseria mucho después. El periodismo no se valora, no se reconoce, no se reivindica ni se trata con el respeto que se merece (sic). Este oficio está enfermo, tanto como la sociedad que acoge nuestro trabajo, y los problemas a los que nos enfrentamos aumentan a diario sin que sepamos bien cómo hacerles frente.
Allá por el año 1980, la publicación de la UNESCO Un solo mundo, voces múltiples, más conocida como Informe McBride, que pretendió generar alternativas a las desigualdades comunicativas globales para promover así una cultura de paz, ya alertó sobre el hecho de que los medios de comunicación funcionaban de facto como instrumentos de poder claves para perpetuar la desigualdad económica global. La estandarización de contenidos y fuentes de información sería imparable si no se articulaban medidas de protección que garantizasen el acceso a canales informativos múltiples. Asimismo, se consideraba urgente impulsar la elaboración de un código de ética periodística mundial.
Los discursos de las ONGD contribuyen a construir imaginarios colectivos. Muchas conciben la comunicación como una herramienta para la transformación social, pero urge sortear trampas como el complejo de salvadores, la revictimización y el uso de una jerga tecnificada y abstrusa
Las grandes corporaciones tienen siempre muy presente la tarea de construir un discurso dirigido a la opinión pública. La elaboración y divulgación de un relato que legitime sus actividades es un elemento central para el sostenimiento de un estado de opinión favorable a su papel en el modelo socioeconómico, que las presente como el agente fundamental del “desarrollo”. Y eso viene no solo de la mano de las campañas de publicidad y marketing, sino también a través de una multitud de lobbies y think tanks que ponen todos sus esfuerzos en la difusión de una narrativa que valide socialmente sus objetivos de negocio.
Varios medios de comunicación viven y sobreviven ajenos a la agenda mediática dominante. La sostenibilidad económica es su gran reto.
Periodismo. Esa forma de entender la vida susceptible de ser decorada con múltiples complementos adjetivales (crítico, comprometido, de investigación, alternativo…), que a la postre perfilan una herramienta de contrapoder articulada en torno al valor de la información como derecho de la ciudadanía (y deber de los periodistas). Aunque duela. Porque si es Periodismo, cuanto menos, escuece: “periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas”, reza una sentencia anónima con frecuencia atribuida al escritor George Orwell.