La crisis ambiental está en el centro de la crisis económica y social en la que nos encontramos y, en consecuencia, los próximos cambios que vamos a vivir estarán marcados fundamentalmente por nuestras formas de relacionarnos con el entorno. De ahí surge la necesidad de concebir la sostenibilidad como un bien común desde la perspectiva de nuestra dependencia de la naturaleza, la necesidad de preservarla y las limitaciones de la gestión privada.
¿Podemos hablar de desarrollo sin tener en cuenta aspectos como la distribución justa de bienes e impactos ambientales entre la población humana? ¿Y si incluimos, por necesidad y ética, a todos los demás seres vivos? El movimiento de justicia ambiental se está convirtiendo en un eje central de las discusiones, políticas y acciones que persiguen evitar cargas desproporcionadas de contaminación o desposesión de elementos naturales necesarios para la vida sobre poblaciones étnicamente discriminadas o pobres. El número 53 de Pueblos - Revista de Información y Debate dedica su dossier central a este tema: un empujón más para seguir caminando.
Desde hace más de 500 años las comunidades indígenas de Abya Yala[1] (nombre original de lo que hoy conocemos como América Latina) ofrecen al mundo invasor su sabiduría acerca del desarrollo de la vida y de la convivencia armónica con la naturaleza. Pero esta cuestión nunca fue tenida en cuenta por la gente que tomó ese espacio como un lugar de colonización. En los tiempos de la invasión, los indígenas, por no hablar el español o el portugués y no conocer al dios único de la religión católica, fueron considerados seres sin alma, animales, gente incapaz, útiles apenas para servir como esclavos. Su cultura, su manera de organizar la vida, su lengua, su cosmovisión, todo fue aplastado, tornado sin valor.
El desarrollismo es la religión de la periferia capitalista. Nace de la promesa del progreso para todas las clases sociales bajo el régimen del capital a escala mundial y no es sencillo escapar de su poder de seducción porque se trata de una ideología que puede, en determinadas fases, presentar cierta base material. Brasil no es una excepción. Pero no puede sostenerse de manera indefinida ni jamás cumplir la promesa de un reino de la felicidad, y mucho menos de la abundancia, en el planeta tierra. De hecho, ni siquiera puede cumplir la promesa de garantizar para las mayorías las condiciones mínimas necesarias para la reproducción digna de la vida, como bien lo demuestra la crisis estructural del sistema capitalista, particularmente intensa en los países centrales.
Durante la primera década del nuevo siglo se ha repetido un mismo cliché en los análisis de la coyuntura política de América Latina: el giro hacia la izquierda de los gobiernos de la región. Sin embargo, poco a poco se ha ido viendo cómo las políticas puestas en marcha en estos países se han basado y basan en la ideología del neodesarrollismo y no en un ideario de transformación radical del sistema. ¿Hacia dónde ir ahora?
“Somos socios globales ante desafíos globales”. Con estas palabras, José Luis Rodríguez Zapatero inauguraba a mediados de mayo el evento institucional más importante del semestre de presidencia española de la Unión Europea: la VI Cumbre UE-América Latina y Caribe, cuyos principales resultados fueron el impulso a las negociaciones con Mercosur para crear un mercado común y la firma de acuerdos comerciales con Colombia, Perú y Centroamérica.