Mi sangre nutrirá al árbol que llevará los frutos de la libertad. Decidle a mi pueblo que los amo y que deben continuar la lucha. A luta continua! Solomon ‘Kalushi’ Mahlangu
El sábado 2 de abril de 2016, en el cierre de la “Cumbre Política de Trabajadores y Movimientos Sociales” desarrollada en la ciudad de Cochabamba, el presidente de Bolivia, Evo Morales Ayma, propuso convertir a su país en la capital latinoamericana de los movimientos sociales anti-imperialistas.
El debate continua vivo. El movimiento #RodhesMustFall (Rhodes debe caer) comenzó el marzo pasado en Sudáfrica donde un colectivo de estudiantes y personal no docente se movilizaron por una acción directa contra la realidad del racismo institucional en la Universidad de Ciudad del Cabo que mantenía una estatua de Cecil Rhodes en el campus del edificio. Pero la protesta no era exclusivamente simbólica. Rhodes fue un empresario imperialista y político británico que desempeñó un papel dominante en el sur de África a finales del siglo XIX.
Usando términos indígenas para un caminar parejo, en este caso en las relaciones entre mujeres feministas no indígenas y mujeres indígenas y originarias, a veces parece que los esfuerzos para el diálogo sólo se deben dar en una dirección, desde las mujeres indígenas a las no indígenas, lo que puede dar la impresión de que las feministas no indígenas estuvieran en posesión de la verdad absoluta, o de que las indígenas y originarias debieran pasar por unas etapas previas establecidas por las primeras y que sólo una vez superadas podrán ser aceptadas como iguales y llegar a diálogos comunes. Pareciera que en muchos casos estas relaciones se han dado, y aún se siguen dando de una forma desequilibrada, y con ciertas actitudes paternalistas (aunque mejor sería decir maternalistas) o cuando menos condescendientes. Afortunadamente, sí se dan encuentros y formas de establecer alianzas, para poder seguir avanzando en propuestas conjuntas y más a largo plazo, pero aún queda esfuerzo por ambas partes, sólo así se conseguirá un reconocimiento mutuo que permita avances.
Tic-tac, tic-tac, y pasan los siglos... Desde sus primeros contactos hasta hoy, el reloj de unos ha querido atrapar el tiempo de los otros y, aunque no siempre lo ha conseguido, sí ha logrado marcar en gran medida el ritmo de su evolución. El momento cumbre de esta aspiración empezó a concretarse a finales del siglo XIX. La Europa de entonces, convencida de su sagrada misión civilizatoria, expresión empleada por la Sociedad de Naciones (hoy Naciones Unidas) cayó en África con una pesada carga moral.