Conocí a Evelia Bahena García en agosto de 2015, cuando ella acababa de llegar a la Ciudad de México. Yo estaba investigando el caso de la defensora de derechos humanos oaxaqueña Bety Cariño y el activista finlandés Jyri Jaakkola, que en 2010 habían sido asesinados, con la intención de escribir un guion cinematográfico.
Neopatrimonialismo, nepotismo, violencia e impunidad en la era de la narcopolítica y el extractivismo desatado. La barbarie de Iguala ha dejado al desnudo las subterráneas corrientes que han venido manteniendo a flote al Estado mexicano de la posguerra fría; y ha desvelado también que estas, aunque se alimenten de fuentes jóvenes, manan de otras más profundas. El preconizado fin de la historia fue sólo un error de imprenta en un relato al que le faltan páginas y le sobran muertos. Pueden adornarlo con velas y flores, llenarlo de virtuosos adjetivos; pero México, un lugar tan hermoso como siniestro, seguirá pareciendo un cementerio.