Carlos Arturo Velandia, quizás todavía más conocido con su nombre de combate en el ELN, Felipe Torres, fue miembro de la dirección nacional del Ejército de Liberación Nacional y vocero político en diálogos de paz con los gobiernos de Ernesto Samper Pizano y Andrés Pastrana Arango, así como en los dos primeros años del primer mandato de Álvaro Uribe Vélez. Preso durante diez años, tras cumplir la pena se exilió siete años y dedicó este tiempo a formarse sobre sobre conflictos y paces en el mundo[1] . En 2014 publicó el libro ‘La paz es ahora, ¡carajo!’, donde a título personal, como en esta entrevista, reflexiona acerca del conflicto armado colombiano y el actual proceso de paz[2] .
A nadie escapa la importancia y necesidad histórica de lograr acuerdos de paz en Colombia que permitan la terminación de las hostilidades entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno. Sobre esto hay suficiente voluntad política acumulada, voluntad que permite señalar que se trata de un propósito que se abre espacio en la sociedad colombiana, con expectativas y esperanzas. Pero, en medio de las conversaciones de la Habana, se desarrolla una de las agendas más retrógradas de América, por parte de un Gobierno que aspira a reelegirse para, dice, “consolidar la Paz”.
El conflicto interno colombiano es un conflicto integral causado por la inequidad en la distribución de la riqueza, el poder político y la concentración de los medios de producción en pocas manos. Nos encontramos en un momento clave para el futuro de este país, pero las negociaciones actuales no parece que puedan llevar más que a un escenario de post-conflicto armado, es decir, de resolución de una de las expresiones de un conflicto mucho más amplio y complejo. La construcción de paz requiere ir más allá, requiere transformaciones reales del modelo hegemónico que no podrán darse sin la participación de toda la sociedad colombiana.
En las últimas semanas hemos asistido, no sin cierta perplejidad, a todo tipo de informaciones y desinformaciones sobre las movilizaciones sociales que se adelantan y se planean en distintos sectores y regiones. Tal perplejidad no se debe tanto a la protesta en sí misma, como al significado que adopta en la actual coyuntura.
Si consideramos la guerra como una de las tantas manifestaciones del machismo, un proceso de paz debería consistir no sólo en dejar de usar las armas sino en reparar a las víctimas, sacar a luz las violaciones y mostrar a los violadores, para entrar así en un verdadero proceso de paz. No hay paz posible sin que los combatientes se reconozcan y sean reconocidos como verdugos de una sociedad.