La Línea Negra es la delimitación territorial de cuatro pueblos ancestrales indígenas de la Sierra Nevada de Colombia, un territorio que resiste incansablemente a la minería y lucha por los derechos de autonomía y gobierno otorgados constitucionalmente a esta ecorregión.
Dos veces al mes, un grupo de personas avanza entre risas, música y pitidos desafiando sobre sus bicicletas el incesante tráfico de Managua
Managua, como otras ciudades latinoamericanas y del mundo, se desenvuelve alrededor de un completo “caos ordenado”. Los autobuses, taxis y coches particulares abarrotan las calles asfaltadas o adoquinadas, acompañados de los bocinazos para avisar de que vas a adelantar, reprender a un coche parado en medio de la carretera o incluso saludar a un amigo que pasa caminando. Los pasos de cebra hay que inventárselos y muchas veces reinventarlos sobre la marcha ante, por ejemplo, la inoportuna aceleración de dos coches que se acercan por la derecha. Todo esto se agrava considerablemente en hora punta, cuando las personas usuarias de los transportes, sobre todo privados, salen de sus trabajos y llenan las calles de largas filas casi inmóviles, descongestionadas poco a poco por policías que asumen la tarea de los semáforos.
El impacto del cambio climático en el continente africano está afectando a las condiciones ambientales básicas y contribuyendo a desastres naturales cada vez más frecuentes como inundaciones, sequías o periodos de hambruna. A largo plazo, estos factores pueden socavar los medios de subsistencia para una gran mayoría de la población, como pueden ser la agricultura, la ganadería o la pesca. Ya está ocurriendo en algunas partes. Una lucha por la supervivencia que fuerza a miles de personas a migrar fuera de sus países. Y Occidente tiene mucho que decir.
El sistema promete la solución al cambio climático (y de paso una salida a la crisis económica y social) tiñéndose de un color-esperanza que posibilitaría el cacareado desarrollo sostenible gracias a los avances tecnológicos. Los negocios y la política abrazan el renovado dogma crecentista, en una desbocada carrera de beneficios y ganadores, pero también con pérdidas y víctimas.
La Economía Social y Solidaria (ESS) es una economía de personas. Y se hace de, desde, por y para las personas. Esta afirmación que a priori puede parecernos un epíteto, tiene sin embargo hoy más sentido que nunca en este sistema hiperfinanciarizado, donde todo son índices y dividendos que no “olemos”, donde las páginas salmón son códigos cifrados de difícil comprensión y las cuestiones económicas asuntos de expertos, por más que sus decisiones nos afecten en lo más profundo de nuestras vidas. Así, lejos de despojarse de apellido, para hablar de “economía” sencillamente, reapropiándose de un concepto que, como tantos otros, nos ha sido expropiado, nos acompañamos de uno doble, haciendo del dueto “social-solidario” un tándem necesario para dotarnos de los matices que nos definen.
“Fui a las comunidades lenca para dar un curso sobre energías renovables, organizado por el COPINH (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras), y Berta me ofreció su casa”, relataba Gustavo Castro. “Estuvimos hablando en el porche de su casita hasta tarde; y finalmente nos retiramos a dormir. Estaba trabajando con el ordenador, en mi cama, cuando se oyó un fuerte golpe. Habían tirado la puerta de la cocina. Al momento se abrió bruscamente la puerta de mi habitación y me vi encañonado, mientras oí a Berta enfrentar a sus agresores; varios disparos y cuando quien me apuntaba a la frente hizo el gesto definitivo de disparar, me encogí instintivamente y me tiré al suelo. El disparo me atravesó la oreja y la mano con la que me tapaba la cara. Me dieron por muerto y salieron huyendo”. Gustavo Castro es un buen amigo de Chiapas, dirigente muy conocido y reconocido del MAPDER, que lucha contra las grandes presas en México. Habían pasado varias semanas, pero aún se estremecía al contarlo, allá en la embajada mexicana en Tegucigalpa, donde la embajadora, Dª Dolores Jiménez, le protegió durante más de un mes, salvándole sin duda la vida.