Decía Manuel Castells que el poder es algo más que la comunicación y que la comunicación es algo más que el poder, aunque el poder dependa del control de la comunicación. Los grandes medios de comunicación son corporaciones gigantes que mantienen sus estructuras ejecutivas no a costa de depender de la publicidad o de créditos, sino porque han sido absorbidos por el poder sistema financiero. Los mapas de propiedad de medios son reveladores. Entre los accionistas de la mayor parte de grupos de comunicación del Estado español hay bancos, eléctricas y grandes inversores, y, en el de Prisa, por ejemplo, fondos de capital de riesgo.
Durante las últimas seis décadas, las ONGD y un gran número de comunicadores y comunicadoras del “Norte” hemos dedicado muchos esfuerzos a tratar de “sensibilizar” a los y las ciudadanas de los llamados países desarrollados sobre una realidad que parecía suceder, y también originarse, a miles de kilómetros de distancia de nuestros hogares. La pobreza, el hambre o incluso (en propuestas más críticas) las injusticias sociales han sido, hasta hace no mucho y según la narrativa promovida por ONGD y por los pocos periodistas “comprometidos” dentro de la estructura de los 'mass media', realidades ajenas a lo que sucedía en los países llamados desarrollados. Incluso aquellos discursos que han tratado de mostrar las interdependencias y las causalidades de las brechas Norte-Sur, mayoritariamente no se han alejado de un esquema mental determinado por la eterna dicotomía que dividía al mundo entre países ricos y países pobres.
Con Miguel Romero aprendimos que “la solidaridad es una compañera incómoda del trabajo de cooperación”. Pero también que mientras “la tecnocracia compasiva está vaciando de contenido solidario la cooperación al desarrollo, hay que oponerle alternativas en el discurso y en la práctica"[1]. Justamente, Miguel se dedicó los últimos veinte años a esa tarea: analizar y repensar la situación de la cooperación internacional en el marco de la evolución del capitalismo global, construir y fortalecer pensamiento crítico dentro del sector de las organizaciones no gubernamentales de desarrollo (ONGD), oponerse a la cada vez más extendida visión de la cooperación como una “industria de la caridad” basada en los principios de la “solidaridad de mercado” y defender, en fin, la cooperación solidaria como una relación social y política igualitaria, articulada con las luchas y los movimientos sociales.
Impulsado por el Grupo de Investigación Movimientos Sociales y Cooperación Crítica del Instituto Hegoa, la Plataforma de Cooperación y Movimientos Sociales de Euskal Herria, la Marcha Mundial de las Mujeres y La Vía Campesina, este manifiesto pretende establecer once claves para una agenda de cooperación internacional que priorice en el fortalecimiento de los movimientos sociales y articule nuevos imaginarios, estrategias y procesos de emancipación.
Grupo de Trabajo de Movilización y Participación de la Coordinadora de ONGD,
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Vivimos un cambio de época caracterizado por cambios profundos, rápidos y constantes que transforman un orden establecido. El Estado de Bienestar que hemos conocido (las políticas públicas que protegen los derechos de las personas a través de las garantías sociales básicas), se ve directamente atacado por las directrices que marcan los intereses financieros. Ante ello, la ciudadanía, cada vez más autónoma y exigente, resta legitimidad a un sistema político que considera que no le representa; un cuestionamiento que, en cierta medida, también afecta a organizaciones tradicionales como sindicatos y ONG que no han sabido adaptarse con rapidez a las necesidades de cambio demandadas.
Dejemos algo claro desde el principio: no es cierto que “las ONGD” hayan perdido capacidad de movilización social crítica. Simplemente porque ni la han tenido, ni la han pretendido, ni hace 20 años, ni ahora. No sabemos dónde se forjó tal leyenda urbana sobre un tiempo originario en que las ONGD movilizaban a la gente, pero, en cualquier caso, ya va siendo hora de desmontar el mito.