El endeudamiento masivo de la población más pobre no puede presentarse como la solución a la pobreza en el mundo y mucho menos como una muestra de libertad y progreso. Más bien, parece un proceso de extensión de la economía bancaria y financiera entre los sectores más pobres, excluidos de la misma hasta la fecha. Difundir la idea de que pueden gastar indefinidamente más de lo que realmente tienen genera una falsa comprensión de las verdaderas causas de los desequilibrios sociales y económicos, y cómo abordarlos.
El discurso emergente de los microcréditos se cimienta en la idea de que es el mercado, el mercado bancario, el que se tiene que encargar de la miseria, siendo el mejor instrumento para reasignar óptimas condiciones de vida para los pobres del planeta, transformando así las políticas de cooperación en una simple inserción de los países en desarrollo en un liberalismo económico asimétrico que ha generado tan colosales desigualdades en el reparto de los ingresos y en el acceso a los bienes públicos esenciales.
1. Los microcréditos son uno de los mejores instrumentos para combatir la pobreza.
El avance de la pobreza está directamente relacionado con los procesos de acumulación de riqueza, amparados por el avance de una globalización injusta en términos de oportunidades, expectativas y posibilidades. De esta forma, la pobreza tiene causas políticas muy directas, tanto en el entramado institucional y financiero que han construido los países occidentales para incrementar su posición privilegiada, como en los propios países en desarrollo, sometidos a gobernantes alejados de las necesidades de sus pueblos y sometidos a las exigencias de las instituciones multinacionales y de las grandes potencias.
El argumento de que contra la pobreza no hay nada mejor que los créditos pretende encubrir las verdaderas causas de la pobreza en el mundo, convirtiendo a los pobres en responsables últimos de su situación. Es un arma eficaz para desmantelar el compromiso político y ético que tenemos los que vivimos acomodadamente hacia quienes carecen de lo esencial. Al mismo tiempo, sirve para anular las políticas de cooperación internacional, transformándolas en políticas de bancarización, convirtiendo la pobreza en deuda eterna, ya que a mayor número de pobres, más créditos concedidos, con lo que aseguramos una clientela prácticamente ilimitada para engrasar un sistema capitalista en los países pobres.
2. Garantizan a las capas más desfavorecidas invertir en su propio desarrollo.
La transformación de pobreza en deuda se apoya en un darwinismo social bajo el cual aquellos que estén en situación más precaria lo están porque no han querido o podido endeudarse. Es el avance de una cultura del dinero, que genera una “monetarización de la pobreza” y rompe las redes de solidaridad tradicionales. Es la esencia del neoliberalismo, que sostiene una situación imaginaria bajo la cual, toda aquella persona que quiera puede prosperar en una economía de mercado hecha para emprendedores. Claro que esta máxima no sirve en una sociedad profundamente desigual, porque las condiciones de partida no son las mismas para todos, ni tampoco los medios que se tienen al alcance.
Los microcréditos tratan de desviar la responsabilidad sobre el desarrollo social básico de los países y la comunidad internacional, transfiriendo esta responsabilidad a cada ciudadano. Todo ello resulta mucho más llamativo cuando la “moda” de los microcréditos se está fomentando desde los países occidentales, allí donde los mínimos vitales suelen estar asegurados.
3. Los microcréditos sacan de la extrema pobreza a sus solicitantes.
El endeudamiento hace mucho más vulnerables a quienes menos tienen. Sin tener satisfechas unas necesidades elementales, un crédito significa exponerse aún más a las inclemencias sociales y dedicar su vida a satisfacer las deudas asumidas para tener al menos una rendija abierta de cara a un futuro incierto, por si necesitan pedir más dinero.
No parece que los microcréditos se orienten precisamente a los más pobres o a quienes tienen más dificultades de acceso al crédito, y los escasos estudios existentes ponen de manifiesto que apenas consiguen mantener las mismas condiciones de vida de sus solicitantes, en la medida que se destinan a satisfacer las necesidades básicas de los endeudados. Parece por tanto que los microcréditos sirven para responsabilizar a sus solicitantes de su propia supervivencia y la de sus familias.
Ningún país, agencia de cooperación o IMF ha podido demostrar hasta la fecha de forma empírica el impacto positivo de los microcréditos en la reducción de la miseria sobre amplias capas de su población más pobre.
4. Son muy positivos porque sus solicitantes son fundamentalmente mujeres.
Convertir a las mujeres en “clientes” privilegiadas de los microcréditos es aumentar la responsabilidad que ya tienen e intensificar las situaciones de abuso que se mantienen sobre ellas, en tanto que son las que con su esfuerzo luchan por mantener a sus familiares. Para muchas mujeres, asumir microcréditos supone una sobrecarga en sus ocupaciones, elevando las tensiones en el cuidado de sus hijos y convirtiéndolas en endeudadas simplemente para alimentar, cuidar, alojar, educar… a ellas mismas, a su descendencia, a sus parejas…
En los escasos estudios existentes sobre los microcréditos, dos elementos se ponen de manifiesto al analizar su impacto sobre las mujeres. Uno desmantela el mito de que sean efectivamente gestionados por las propias mujeres, ya que en una proporción muy alta de casos son ellas las solicitantes, pero son los hombres quienes deciden sobre su empleo y gestión (ver los datos procedentes del Grammeen Bank). El segundo señala que estos créditos aumentan la situación de angustia, de sumisión, el esfuerzo y las jornadas de trabajo ya de por sí extremas que tienen las mujeres.
5. Su morosidad es bajísima, demostrando con ello que los pobres siempre pagan.
El argumento tiene una importante carga de desfachatez. Por un lado, trata de atribuir valores positivos en los pobres, no como personas, sino por su condición de clientes de las entidades financieras con las que asumen responsablemente sus deudas. Si tan buenos son, no se entiende por qué las instituciones financieras tradicionales los han dejado siempre fuera del acceso al crédito. Al mismo tiempo, parece defenderse que los pobres tienen que pagar siempre, porque además de pobres se les exigen unos valores morales superiores a los del resto de la población, mientras que a los no pobres se les permite no ser tan buenos pagadores ya que sus abundantes bienes patrimoniales les eximen de estas exigencias. Este principio enlaza con algunos de los argumentos más escandalosos del neoliberalismo como el de que las pérdidas tienen que socializarse y ser asumidas por el Estado, mientras que los beneficios son siempre propiedad de empresarios e inversores.
6. Convierten a los pobres en responsables de su propio
desarrollo.
El desarrollo básico de las personas debe estar asegurado por los Estados y en caso de no ser posible, por la comunidad internacional. Éste es un principio que orientó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que parte de la consideración de que existen unos derechos y una dignidad inherente a toda persona por el solo hecho de serlo. El argumento de que los pobres deben ser responsables de su desarrollo traslada esta responsabilidad a cada sujeto, haciéndole culpable de su supervivencia y anulando el papel que Estados, gobiernos y la comunidad internacional tienen. La solidaridad y responsabilidad internacional se transforman así en individualismo y privatismo; en definitiva, se asciende un peldaño más hacia la construcción de sociedades abandonadas a un liberalismo salvaje y depredador.
7. Elevan automáticamente la dignidad de quienes los solicitan.
La dignidad humana no puede medirse en función de los créditos que se tienen contraídos, sino desde la capacidad que las personas tienen de vivir de forma autosuficiente, teniendo garantizadas sus necesidades básicas y pudiendo ejercer sus derechos más elementales. Con mayor motivo si hablamos de personas que viven de forma paupérrima, sin tener cubiertas las necesidades básicas. Así las cosas, la dignidad de los pobres se elevará automáticamente cuando dejen de serlo y puedan elegir libremente su destino. Es como decir que los pobres dejan de serlo en tanto que son “clientes bancarios” y que la dignidad de las personas se restringe a los intercambios del mercado.
8. Los microcréditos y el acceso a los mismos deben ser un derecho humano básico.
Son otros los derechos humanos básicos que la comunidad internacional ha ido proclamando en las últimas décadas y algunos de ellos tienen que ver precisamente con la cobertura de las necesidades básicas y el ejercicio de sus libertades. Anteponer todos ellos a la capacidad de endeudarse es frivolizar sobre los derechos humanos elementales, ignorar la importancia del acceso a ellos y que puedan ser garantizados por la comunidad internacional, al tiempo que se desvía la atención sobre sus incumplimientos. Bajo ningún concepto el derecho al crédito puede considerarse a la misma altura de otras cuestiones esenciales para la simple supervivencia de las personas y quienes así lo hacen tratan de trasladar la idea de que la única libertad de la humanidad está en el dinero.
9. Constituyen el mejor instrumento de la cooperación internacional.
Hasta la fecha no existe un solo estudio empírico que demuestre en un solo país una mejora sustancial en el desarrollo de amplios grupos de la población. Por otra parte, los defensores de este argumento tratan de minusvalorar las políticas de solidaridad mundiales y con ello, las responsabilidades de los países ricos en esta materia. El dato más elocuente que demuestra la inexactitud de esta afirmación es que a pesar de las tres décadas de existencia de los microcréditos, los niveles de pobreza y subdesarrollo en el mundo no han disminuido ni siquiera en los países donde han tenido su máximo apogeo.
10. El acceso al microcrédito debe ser una de las prioridades para alcanzar los Objetivos del Desarrollo del Milenio.
A cinco años del acuerdo sobre los Objetivos del Milenio, los datos recogidos por la ONU son desalentadores, constatando la ausencia de voluntad política y la carencia deliberada de medios económicos para abordar los compromisos anunciados por los países ricos, mientras los volúmenes de ayuda siguen descendiendo y las nuevas prioridades en la lucha contra el terrorismo están desviando grandes cantidades de recursos hacia este fin.
Ante este escenario, los microcréditos tienen un papel residual de cara a dar respuesta a los compromisos asumidos. Estamos ante acuerdos mundiales de naturaleza política, que tienen que tener respuestas políticas en cada uno de los Estados firmantes y por parte de sus dirigentes políticos. Sostener que los microcréditos van a ser la panacea para la consecución de los Objetivos del Milenio supone desconocer el significado de este acuerdo y ofrecer excusas para su incumplimiento, en mayor medida cuando los microcréditos poco pueden hacer para incidir en el avance de la educación básica, la erradicación de enfermedades, proporcionar agua potable o atención sanitaria elemental.
Reflexiones finales
Sin duda, el movimiento desplegado alrededor de los microcréditos tiene la virtualidad de dirigirse hacia los sectores más vulnerables, alejados de la globalización neoliberal, introduciéndoles en la bancarización a través de un producto diseñado específicamente para ellos. Su pretendida capacidad instrumental para eliminar la pobreza parece más encaminada a vaciar las responsabilidades políticas e institucionales que existen en su mantenimiento que en ofrecer transformaciones que mejoren el acceso a bienes públicos por parte de los más desfavorecidos.
Cierto es que el mayor éxito de los microcréditos se ha situado, hasta la fecha, en la articulación de propuestas alternativas que permitan proporcionar mecanismos financieros nuevos a disposición de los sectores más desfavorecidos y en los países del Sur. Sin embargo, es necesario un trabajo mayor en la puesta en marcha de fórmulas solidarias, capaces realmente de apoyar a sectores alejados del acceso a la financiación sin la gravosa carga de la deuda que no pueden asumir como una nueva losa.
Carlos Gómez Gil es doctor en Sociología y profesor en el Departamento de Análisis Económico Aplicado de la Universidad de Alicante. Este artículo forma parte de un trabajo publicado por el Ayuntamiento de Córdoba con el título “Los microcréditos en la cooperación para el desarrollo”.
Este artículo fue publicado originalmente en la Revista PUEBLOS de diciembre de 2005.

