El imperio musical Mandinga

Sahel significa frontera y esta franja al sur del Sahara lo es para los tuareg y la música árabe. Desde Sudán al Atlántico y su costa meridional se conforma la llamada África Occidental (otrora francesa). Entre los ríos Níger y Senegal florecieron reinos medievales; el más importante fue el Imperio Mandinga que resistió sucesivas invasiones árabes aunque acabó abrazando el islamismo. Las ciudades de Tombuctú y Sanné extendían su influencia sobre toda la zona, y es así que una tradición común ha unido a pueblos como los soninké, bambara o malinké durante un largo período de su historia.

En estas sociedades existe una casta exclusivamente dedicada a la música: los griots o jelis, que ejercen de cronistas, como nuestros trovadores, y son los depositarios de la historia de todo un pueblo. Se acompañan con la kora, especie de arpa-laúd de sonido fino y sugerente; posteriormente, la guitarra española ha acogido esta función, adoptando un estilo armónico similar. Los ritos y danzas de las múltiples étnias utilizan gran variedad de percusiones: los tambores yembé, los igbin, verticales y altos, los batá, de doble parche, el dum-dum o tama, con unas tiras que al presionarse cambian el tono (tambores parlantes) o el balafón, xilófono de madera que solía estar a la puerta de las casas para comunicarse.

De Mali a Senegal

Sobre los años 50, la incipiente vida ciudadana acogió los ritmos caribeños y con la explosión de las independencias y el orgullo nacional de los 60, se crearon orquestas que, partiendo de la rumba cubana, fundían instrumentos de viento y guitarras eléctricas, piezas encantadoras en las que el solista expresa anhelos melancólicos sobre un colchón de coros y percusiones. En Mali, la Rail Band de la Gare de Bamako amenizaba la espera y los viajes en tren; su líder, Salif Keita, con el guitarra guineano Kanté Manfila, fundaron después en Abidján Les Ambasadeurs du Motel.

La tercera ciudad de aquella “movida” fue Dakar: Allí, la Orcheste Baobab hacía puro son cubano pero con saxo, solos de guitarra y en lengua wolof. En Conakry, nacen Bembeya Jazz National y Les Amazones de Guinée (mujeres-policía que de noche empuñan sus guitarras). También guineano es Sekou Bembeya Diabaté, guitarrista con un estilo puramente mandinga de tocar.

De Mali proceden Boubacar Traoré o Kandia Koujaté, la más famosa cantante en décadas. Salif Keita, que desciende de nobles, posee una poética voz y sus bellas canciones lo han convertido en el cantor de todo un continente. A orillas del Níger, Alí Farka Touré sorprendió con su ancestral estilo cercano al blues; fue impulsor de la música maliense desde Radio Bamako. Afel Bokoum sigue su estilo. El wasoulou, canto femenino, brilló con la carismática Fanta Damba, y luego con Oumou Sangaré, de voz ondulada, y Nahawa Doumbia. Como intérprete de kora destaca Toumani Diabaté y de éxito más reciente es la cantante Rokia Traoré y su estilo tranquilo.

Senegal polariza una gran actividad musical, gracias a Youssou N’Dour que ha creado los estudios Xipi para que los músicos graben en Dakar, no dependiendo tanto de Europa. N’Dour, con una voz aguda y melódica desarrolló el mbalax, estilo que mezcla diversas tradiciones y enrevesados ritmos que obligan a bailes acrobáticos. En los 70, formó la Etoile de Dakar, su grupo, que aún hoy le acompaña como Super Etoile. Sus competidores fueron Omar Pene et la Súper Diamono y más tarde la voz de goma de Baaba Maal, del norte del país. Ismael-Lo con su armónica y guitarra es uno de los cantautores africanos que viviendo en Francia se convierte en digno heredero de la chanson. La primera estrella femenina es Kine Lam y la influencia de la música musulmana se manifiesta en la emoción de las actuaciones de Cheik Lò, comprometido con la hermandad sufí Muridiyia. En este país proliferan los grupos de yembées, como el de la isla de Goré. Gambia, incrustada en el territorio de Senegal, ha dado inmejorables tocadores de kora como Tata Dindin o Dembo Koité. Del sur, de la zona senegalesa de Casamance, son los Touré Kounda, tres hermanos que han triunfado en Occidente. En Guinea sigue cosechando éxitos Mory Kanté, que estuvo en la Rail Band, y destacan también Jeli Moussa Jawara y Sekouba Bambino. El rap ha supuesto un revulsivo de expresión en Dakar y entre los cientos de grupos que lo practican los más importantes son P.S.B. y Daara J.

La costa y las periferias

Costa de Marfil, perla del África francesa entre países anglófilos, recibe todas las tendencias. Desde los 70, Abidján fue centro de la industria musical de cassettes para toda África Occidental y Central. Allí grabaron las grandes estrellas antes de ir a Francia y existe una feria que otorga los Premios de la Música Africana cada dos años. De sus raíces cuentan las polifonías baoulé. Hubo clásicos como Aïcha Kone y Ernesto Yeyé, que creó el ziglibity; el zagazougou se basa en acordeones pero no ha sido lo autóctono lo que más ha trascendido del país, sino el reggae social de Alpha Blondy y Ticken Jah Fakoly.

Los vecinos Togo y Benin se nutren de percusiones yoruba: King Mensah es la estrella togolesa y en Benin, Nel Oliver y el afro-pop de Angelique Kidjo. Burkina Faso posee un crisol de étnias: los lobi son maestros en el uso de xilófonos funerarios. En la capital, Ougadougou, privan los estilos mayunka y zouglou, aunque también cobra influencia el sukús y el reggae. Es famoso el grupo Farafina, que mezcla teatro y música, y en el sureste, Saaba y Djiguinya promueven festivales de danza.

Mamar Kasey es la figura conocida de Níger. No es de extrañar que en excolonias con atormentada transición y guerras latentes abunden más los cantautores, que extraen su material poético de desgarradoras historias personales. De Guinea-Bissau vino a España Bidinte; otros son Kabamané, Manecas Costa y Nino Galisa. En Sierra Leona, igualmente, están S.E. Rogie, Abdul Jay`s Rokoto y Seydu, también afincado en España.

El archipiélago de Cabo Verde fue repoblado de esclavos senegaleses (de verde solo tiene el nombre) y los dos tercios de su población ha emigrado. La nostalgia impregna su música melosa. Cesárea Évora es la reina de la morna pero no hay que olvidar a Teófilo Chantré, Tito Paris o el grupo Sementera. Más rítmica es la coladeira, la funana se basa en el acordeón y es que hay más estilos que islas.

Ghana, caso aparte

En este país se desarrolla la música más diferenciada del área mandinga. Multitud de pueblos (ewe, aka, ashanti,…) utilizan verdaderas familias de tambores, como los mpalongo, e instrumentos de viento de cuerno o metal en sus fanfarrias estridentes. Pionero en independizarse, en los 50, se fragua el estilo highlife (en referencia a vivir y vestir bien, a lo europeo) de sus nuevos urbanitas. Mezclan sus danzas con el calypso que había entrado por Liberia y Sierra Leona con los maroons importados de Jamaica; también influyen los instrumentos de bandas militares y todo cuaja en jubilosas orquestas de baile, la primera música urbana nacida en África Occidental; en ella destacan King Bruce y George Darko. Se impuso a otra más pobre, la palm wine music (de “licor barato”) que se cantaba con guitarra acústica. Su artista fue Kwaa Mensah. Además, la mayoría cristiana hace un godspell de sabor local y no olvidemos que de este país son Ossibysa, grupo de afrorock que triunfó en Inglaterra.

Como vemos, de esta zona occidental vienen la mayoría de músicos africanos que aquí conocemos, pues muchos se han establecido en Francia y de allí nos llegan comercialmente.


Este artículo fue publicado originalmente en la Revista PUEBLOS de Diciembre de 2005.

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