El desempleo sigue siendo elevado pese a los datos favorables, puesto que a comienzos de 2007 el índice era del 10,1 por ciento y la población bajo la línea de la pobreza se mantiene en registros elevados (31,8 por ciento). La situación es de recuperación e incluso de reactivación, pero con asignaturas pendientes en materia social. La política económica restableció el ciclo de negocios del capital hegemónico y no parece modificar sustancialmente el cuadro de beneficiarios y perjudicados en el país. El desempleo y la pobreza se han convertido en datos estructurales pese a que, desde la crisis, aquel bajó del 21,5 al 10,1 por ciento y la pobreza descendió desde el 57 al 31,8 por ciento indicado.
Las reformas estructurales de la década de los noventa se concentraron en la modificación de la relación entre el capital y el trabajo, provocando una fuerte precariedad en el empleo y la baja de los salarios. El cuarenta por ciento de la fuerza de trabajo se mantiene de forma irregular y en este aspecto la mejora es muy escasa, a pesar de los 3,4 millones de nuevos puestos generados gracias a la recuperación y el crecimiento de la economía. La cifra de población desempleada o subempleada es similar.
Esta precariedad es concomitante con el cambio de funciones del Estado. Las privatizaciones de los noventa se consolidan pese a que éste recupera de manera transitoria la gestión de algunas empresas en crisis, como las relativas al correo, aguas y espacio radioeléctrico, además de alguna concesión de líneas de ferrocarril. El Estado ha creado una nueva empresa de petróleo, ENARSA, con capital mixto y que encuentra desarrollo a partir de su asociación tanto con capitales privados aplicados a la explotación petrolera como con Petróleos de Venezuela (PDVSA).
En materia de inserción internacional, la nueva dinámica política de América Latina ha creado condiciones que hacen posible modificar el marco unilateral de relaciones privilegiadas con EE UU vigente hacia el comienzo del siglo XXI. En noviembre del 2005, en la IV Cumbre de las Américas (celebrada en Mar del Plata, Argentina), la unión de Venezuela y los cuatro países del Mercosur obstaculizó la intención de EE UU de reabrir las negociaciones sobre el ALCA.
Argentina y los cambios en la región
Hacia finales del siglo XX y comienzos del XXI se producen importantes cambios que transforman el panorama de América Latina. Entre estas modificaciones se encuentra la ofensiva del capital (finales de los ochenta y primeros años de los noventa), materializada en la subordinación a la receta neoliberal conocida como el Consenso de Washington: achicamiento del gasto público, estabilización macroeconómica, privatizaciones, apertura de la economía y orientación más favorable al mercado.
Simultáneamente se hacen visibles movimientos populares que cambiarán con el tiempo la correlación de fuerzas políticas. En 1989 se produce el “caracazo”, que explicará el ascenso de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela por tres periodos consecutivos, con la impronta del socialismo del siglo XXI en la renovación de su mandato en enero de 2007. Estos movimientos se hacen ver también en las movilizaciones celebradas en 1992 con motivo de los 500 años de colonización y que explican cambios en Bolivia y Ecuador.
Otro de los fenómenos destacados lo constituye el levantamiento zapatista de Chiapas (México) en 1994, la emergencia del Foro Social Mundial en Porto Alegre (Brasil) en 2001 y, también ese mismo año, la pueblada argentina. Este último proceso alimentó tanto las esperanzas de otros pueblos como las movilizaciones dirigidas a revertir las nefastas consecuencias que sobre los sectores populares causaron las Políticas de Ajuste Estructural durante los años de ofensiva del capital.
La agenda del capital transnacional intentaba mantener a comienzos del siglo XXI su ofensiva a favor de la liberalización de la economía. Se habían desarrollado las negociaciones para la creación de tratados de libre comercio, así como variados acuerdos que asegurarían la defensa y promoción de las inversiones externas. Serían protocolos suscritos en los noventa para condicionar los cambios a futuro. Ese es el principal problema que hoy enfrenta cualquier proyecto político que pretenda avanzar hacia cambios profundos en la región.
El signo de los gobiernos vecinos es diferente al de la década de los noventa y en todos ellos se critican las políticas hegemónicas de aquellos años, más allá de la vía que cada uno haya puesto en marcha para mejorar la calidad de vida de una población empobrecida por causa de las reaccionarias políticas aplicadas. Eso lleva a que el papel del Mercosur como articulador de un mercado comercial privilegiado se haya visto reducido, ya que quedó afectado por las devaluaciones de Brasil (1999) y Argentina (2002).
Los intercambios comerciales realizados en el marco del Mercosur habían alcanzado su apogeo en 1998. Hoy, pese a las declaraciones de promoción de nuevos gobernantes de la región, su declive no se detiene. La gran novedad es la incorporación de Venezuela, cuestión que crea un gran debate sobre el proyecto mismo del Mercosur: ¿tenderá hacia el objetivo socialista sustentado por la revolución bolivariana o seguirá el rumbo capitalista que define el resto de los asociados?
La experiencia de Venezuela revoluciona la política latinoamericana y crea debate sobre las influencias en la región y los proyectos de desarrollo. A un lado se encuentra la confrontación con EE UU, puesta de manifiesto recientemente en la gira que Bush y Chávez realizaron simultáneamente, cada uno por cinco países. Al otro, la disputa acerca de la iniciativa regional creada entre Brasil y Venezuela. En el primer caso se enfrentan socialismo e imperialismo, en el segundo, los dos países que pretenden liderar el Sur del continente.
Argentina se encuentra entre los tres actores. Es impensable su recuperación económica y política sin el consenso y la ayuda internacional de Washington. Desde EE UU se avaló la renegociación de la deuda en default (impagada), lo que culminó con una importante quita a los acreedores en mayo del 2005 y en el pago anticipado al Fondo Monetario Internacional (FMI) de todas las acreencias en enero de 2006. Argentina reestructuró su deuda con aval de la principal potencia capitalista. Es también cierto que pese a las pujas comerciales existentes entre los empresarios brasileños y argentinos, la asociación de Kirchner y Lula funcionó en varias ocasiones, entre ellas para frenar el intento por retomar la agenda del ALCA. También se menciona la necesidad de actuar conjuntamente para frenar el empuje bolivariano por el socialismo.
Pese a todo, Argentina terminó siendo el principal socio de Caracas en el Cono Sur a nivel económico. Comparten el emprendimiento de Telesur, un intento de comunicación alternativa a la ejercida por los monopolios multimedia que operan en la región, así como también múltiples iniciativas asociadas al petróleo, alimentación, finanzas y transferencia de tecnología.
¿Cuál es, entonces, la opción internacional de Argentina? Ya no suscribe la unicidad de sus relaciones privilegiadas con EE UU y navega entre varias opciones económicas, políticas e incluso culturales: la respuesta gubernamental en cuanto a la inserción internacional de Argentina es la diversidad. La reinserción en el mercado financiero mundial llega con la normalización de los pagos internacionales de su deuda pública pero, sin embargo, fue Venezuela quien se convirtió en el prestamista de última instancia con la compra de más de 4.000 millones de dólares en bonos públicos.
Perspectivas de la dualidad
Pero, ¿se puede mantener la diversidad de apuestas en el escenario global? Es un interrogante que merece una reflexión sobre las perspectivas del sistema mundial y sus influencias sobre Argentina. En un escenario de expansión y crecimiento a nivel mundial, el debate incluye el aterrizaje de la economía estadounidense y la reciente decisión de aminorar el crecimiento de la economía china. Argentina es vulnerable a ambas variables, puesto que su crecimiento se encuentra vinculado al incremento de la demanda china de sus productos primarios. China crece basándose en inversiones externas, principalmente de EE UU, y al mismo tiempo financia con su excedente líquido las demandas emergentes del doble déficit (fiscal y comercial) del país del Norte. Esta situación genera el encarecimiento de los recursos naturales, de lo que se beneficia Argentina.
Este país crece gracias al incremento de la competitividad generada a partir de la devaluación de enero de 2002, que triplicó el tipo de cambio en el momento de la crisis (fines del 2001) y fue provocada especialmente por la coyuntura internacional. Argentina no puede incidir más que marginalmente en esta variable y en general se adecua a la misma. En esta línea, apuesta por la soja transgénica, algo peligroso teniendo en cuenta su carácter monoproductor y la potenciación de la dependencia de las transnacionales en cuanto a tecnología y gestión del agronegocio.
La posibilidad de desarrollar una alternativa proviene del aliento a una integración productiva, comercial y financiera alternativa, modificando el rumbo de la inserción internacional. Suscrito por cuatro países, Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua, esto es lo que sugiere el ALBA, que desde Caracas se completa con acuerdos económicos que involucran a distintos países, entre ellos a Argentina.
Allí deben registrarse desde la iniciativa de crear un Banco del Sur a integrar capital con el diez por ciento de las reservas internacionales de los países. Venezuela y Argentina, promotores de la iniciativa, sumarían en conjunto unos 7.000 millones de dólares y empujan la incorporación de otros países. Si todo el Cono Sur se uniese, podrían acumularse unos 20.000 millones de dólares para proyectos productivos de capital regional. Esta cifra apenas corresponde a la mitad de los recursos de los que dispone el Banco de Desarrollo del Brasil, lo que pone en duda el interés de todos los países por seguir ese rumbo.
La puesta en marcha de Petroamérica (emprendimiento energético común denominado así por la diplomacia venezolana) puede crear sólidos vínculos que afectan a uno de los problemas centrales de nuestro tiempo. Pero el debate sobre el rumbo de la región y las opciones relativas a la civilización a construir va mucho más allá, pues contempla necesariamente cuestiones como la soberanía alimentaria, las comunicaciones conjuntas o el financiamiento.
El interrogante final se encuentra en la opción escogida por el gobierno argentino y por su pueblo para un futuro cercano: el acercamiento a Brasil para un proyecto de independencia dudosa con respecto a la potencia hegemónica o, por el contrario, el fortalecimiento de las alianzas con Venezuela para un desarrollo socialista en el siglo XXI.
Julio César Gambina es profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario y presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, entidad adherida al Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Integrante del comité directivo de CLACSO.
Este artículo fue publicado originalmente en el nº 27 de la edición impresa de la Revista Pueblos de Julio de 2007, especial América Latina.

