Es evidente que frente al ímpetu de las fuerzas del progreso en la región el imperialismo norteamericano está aumentando sus esfuerzos para evitar los triunfos de la izquierda en procesos democráticos y, cuando esto no es suficiente, se apresta para volver a utilizar los métodos del intervencionismo militar, directo o a través de sus lacayos. La reactivación de la cuarta flota, la inminente invasión de Colombia para ser usada como centro de operaciones militares, las amenazas de las fuerzas armadas en distintos países para hacerse con el poder (Bolivia, Guatemala, Paraguay), y el hostigamiento contra Venezuela y Cuba son muestras del renovado interés del Gobierno norteamericano por retomar el control total de Latinoamérica.
El Golpe de Estado en Honduras se enmarca dentro de este conflicto, en el que se juegan intereses geopolíticos con incidencia directa en las condiciones de vida de los pueblos, pues el sistema económico que intentan preservar por la fuerza es el que ocasionó la gran crisis social y económica, aumentó la polarización de la riqueza y la concentración del poder político, la ruina de los aparatos productivos nacionales y la destrucción del medio ambiente, entre otros.
Las particularidades de Honduras Honduras acompaña la realidad latinoamericana pero guarda características propias que lo diferencian, aun dentro de la comunidad de países centroamericanos, tanto por su devenir histórico, su función dentro del sistema internacional de producción y su estratégica ubicación geográfica. Dos factores importantes en el desarrollo del conflicto social hondureño son la debilidad relativa de su oligarquía criolla y la constitución de un movimiento popular dinámico sin la existencia de instituciones políticas de izquierda fuertes.
En el primer caso, es significativo ver que mientras el resto de los países centroamericanos lograron establecer clases dominantes alrededor de la producción del café, en Honduras la clase dominante permaneció girando alrededor de la importación y como agente funcionarial de los enclaves minero y bananero. Esta situación determinó la debilidad de la oligarquía nacional y su sumisión a los intereses imperiales.
El segundo factor es curioso, pues a diferencia de sus pares en la zona, Honduras no llegó a tener un partido político de izquierda fuerte. Sin embargo, sí desarrolló un movimiento popular diverso y con capacidad de enfrentar a sus enemigos de clase. Así, es interesante ver que las tasas de sindicalización, asociación en gremios, organizaciones campesinas o estudiantiles, eran altas en el mismo momento en que en Centroamérica se fortalecían las instituciones políticas revolucionarias.
Lo anterior no niega la existencia de iniciativas de transformación radical en el país, pero sí establece una diferencia cualitativa en cuanto a la relación entre movimiento popular y el partido revolucionario, pues la agenda de la lucha social estuvo determinada por ambas fuerzas, en lugar de estar solamente dirigida por el partido.
Una prueba de la importancia de la organización popular en Honduras es la huelga de 1954, que enfrentó a obreros agrícolas del norte país con la transnacional bananera y que se convirtió en un hito latinoamericano de resistencia contra la opresión capitalista. En esa lucha se lograron importantes reivindicaciones sociales como la jornada laboral de 8 horas, el Seguro Social y el voto de la mujer.
También puede mencionarse el proceso desarrollista de los años 70, que impulsado por un Gobierno militar, cedió ante la enorme presión popular y realizó políticas progresistas, como una importante reforma agraria y la creación de empresas estatales. Para muchos, éste fue el hecho que previno la agudización del conflicto social en Honduras y contuvo la ampliación de la lucha armada en los 80.
Un momento de transición
El comienzo de los años 90 marcó una etapa histórica de decaimiento para el movimiento popular y los partidos políticos de izquierda. El derrumbe del campo socialista y la pérdida electoral en Nicaragua, desmoralizaron a los sectores organizados del pueblo, que descreídos de la posibilidad de transformaciones profundas, no pudieron oponerse contundentemente al paquete de medidas económicas que aseguraban la dominación de los países pobres por el imperialismo.
En poco tiempo de implantación del modelo neoliberal se privatizaron los sectores estatales más rentables, se regalaron los recursos naturales, se enterró la reforma agraria y se dislocaron muchas de las fuerzas del movimiento popular, que se vio sensiblemente debilitado tanto en términos numéricos (desaparición de algunas organizaciones populares y disminución de la militancia), como cualitativos (abandono de conciencia revolucionaria, abandono del estudio científico de la sociedad).
Sin embargo, la voracidad inevitable del capitalismo hizo imposible que desde las elites nacionales e internacionales se planeara un proyecto de dominación más estable y llevadero. La grave crisis social provocada en tan corto tiempo movilizó al pueblo con renovada fuerza y nuevas características.
La reconstrucción
del movimiento popular
1994 fue un año muy importante para la historia de los sectores populares. Ese año se realizó la Peregrinación por la Vida, la Libertad y la Justicia, movilización organizada por el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) en el que convergieron masivamente en Tegucigalpa pueblos indígenas en defensa de sus derechos. Este evento señaló las nuevas características del movimiento popular. A partir de ese momento, el sujeto político de la transformación se amplió para superar la concepción de alianza obrero-campesina, y poco a poco incorporó a otros sectores también oprimidos por el sistema: indígenas, negros, mujeres, comunidad LGTB, ambientalistas, pobladores y otros.
El nuevo movimiento popular que se fue construyendo se distribuía mejor en el territorio nacional, dedicaba más espacio a luchar por los problemas propios de su comunidad y era más amplio y democrático. Sin embargo, durante mucho tiempo estuvo descoordinado y sin un programa político que orientara la acción conjunta.
Ya hacia finales de la década de los 90 los sectores populares estaban en franca recuperación. En esos años se crearon y consolidaron federaciones de organizaciones populares que perfilaban una agenda más ambiciosa. Se oponían a la continuación del modelo neoliberal y sumaban demandas políticas a las exigencias económicas.
Pasar a la ofensiva
El nuevo siglo fue saludado con la creación del Bloque Popular, asamblea de organizaciones sindicales, campesinas, estudiantiles, políticas y de otra naturaleza, con presencia en varias regiones del país. El Bloque intensificó la lucha por defender las conquistas sociales y oponerse al avance del modelo neoliberal. El hecho de tener su sede principal en Tegucigalpa, le permitió presionar de cerca a los centros de poder político y le facilitó la cobertura mediática que incentivó o dio fuerzas a las organizaciones hermanas en toda Honduras.
A la llegada de 2003, prácticamente todas las regiones del país contaban con una asamblea de organizaciones populares al estilo del Bloque. El 26 de agosto de ese año se dio la marcha de la Dignidad Nacional, momento fundacional de la Coordinadora Nacional de Resistencia Popular, que se convirtió en la sombrilla de organizaciones populares más grande del país.
La Coordinadora resumió las demandas más importantes del pueblo. A partir de 2003 las movilizaciones nacionales crecieron y llegaron a poner en precario la continuidad del Gobierno de Ricardo Maduro (2002–2006), planteándole un panorama difícil a las elites gobernantes. Alo largo de este proceso la oligarquía hondureña fue asumiendo un papel más represivo conforme crecía el movimiento popular, que en unos años habría de rebasar las reivindicaciones económicas para pasar a los planteamientos políticos.
MEL
Manuel Zelaya asumió como presidente en medio de una grave crisis social, el descrédito de los partidos políticos tradicionales, un movimiento popular fortalecido, un contexto internacional que marcaba el avance contundente de las izquierdas y una crisis económica mundial que asomaba en el horizonte. Mel inició un Gobierno que no se salía del plan estratégico de la clase dominante y las transnacionales, pero al poco tiempo se vio confrontado con ellos ante la intransigencia de permitir pequeños cambios para fortalecer el aparato productivo nacional y el frenar la privatización de los últimos recursos que todavía le quedaban al Estado.
Entonces, las políticas gubernamentales se fueron radicalizando. El presidente, guiado por su sensibilidad humana y apoyado por algunos miembros de su gabinete que en el pasado formaron parte de organizaciones de izquierda, tomó partido por el pueblo. Impulsó medidas más progresistas, como una fuerte alza al salario mínimo, incentivos a la producción agrícola, fortalecimiento de las empresas en poder del Estado y una política internacional independiente que incluyó la adhesión de Honduras al ALBA. Mientras Mel se acercaba al pueblo, se alejaba de la oligarquía. El movimiento popular, que al principio lo había enfrentado, fue introduciendo algunas de sus demandas en la agenda de Gobierno, hasta el punto de trabajar conjuntamente en el proyecto más importante: la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente.
Golpe oligárquico
y contragolpe popular
Romper con el orden constitucional fue una decisión dura para la oligarquía, hacerlo significó desnudar la naturaleza totalitaria del poder en el capitalismo. El golpe de Estado se dio justamente para prevenir la posibilidad de una verdadera participación popular a través de una Constituyente que creara condiciones para cambios estructurales en la sociedad, como había quedado claro en el primer Encuentro para la Refundación de Honduras, organizado por el COPINH pocos días antes del golpe para iniciar el debate de los sectores populares hacia la redefinición del país.
Las elites confiaron en una operación de cambio de poderes rápida y poco dolorosa que fuera aceptada por la población, usando para ello los medios de comunicación, y por la comunidad internacional, con la ayuda de los Estados Unidos. Pero cometieron el grave error de subvalorar la creciente movilización popular consolidada en años de lucha y las grandes simpatías de Mel en la población pobre. La Resistencia hondureña habría de convertirse en el factor más importante en la lucha contra la dictadura.
La resistencia
y sus perspectivas
La Resistencia se creó alrededor de la estructura de las organizaciones populares que ciertamente fueron rebasadas por el entusiasmo del pueblo. A la diversidad de fuerzas que integraban la Coordinadora Nacional de Resistencia Popular, se sumaron grupos organizados y personas independientes en una gran cantidad de barrios, comunidades rurales y gremios, que antes no estaban activos. Asimismo, la nueva agenda de los sectores explotados y marginados supera cualitativamente la que se tenía antes del golpe. La necesidad de alcanzar el poder político y controlar el Estado ha quedado mucho más clara. Los amigos y enemigos de la transformación social han quedado también al descubierto.
Derrumbar la dictadura será una tarea difícil. El bloque oligárquico que componen las transnacionales, los grandes empresarios, los medios de comunicación, el ejército y la iglesia, cuenta con el respaldo del imperialismo que planificó y sostuvo el golpe de Estado como elemento de su plan de dominación regional.
El reto que enfrenta la Resistencia es el de constituirse en un poder paralelo capaz de articular una propuesta política unificada que plantee un proyecto de nueva sociedad post-capitalista. Se cuenta para ello con la experiencia de años de lucha, la solidaridad de los pueblos del mundo y la razón. El pueblo hondureño está alzado. Este capítulo en la historia latinoamericana todavía se escribe.
Francisco Ríos es militante de la Resistencia hondureña. Este artículo ha sido publicado en el nº 40 de la Revista Pueblos, diciembre de 2009

