Leer a… AmaliaLú Posso Figueroa

La nana AmaliaLú tiene un vestido color rojo que se pone solo para contar sus cuentos. Vean vé, mis nanas negras, va contando a todos. Y todo aquél que se para a escucharla queda prendado de su voz, de la armonía en sus movimientos en el contar. De la arrechera que da escucharla... Y se fue corriendo la voz, y todos hablaban de que allá, en el Chocó, en Quibdó, había una mujer, una nana, vean vé, que si la escuchas te da un pellizco en el corazón y el alma se te encabrita. Y la boca comienza a dibujar una sonrisa, sin casi darte cuenta, como hizo la nana Melitina Romaña, que tenía el ritmo en el pan, Póngale la mano al pan pa’ que suba, y enseñó a reír y a sonreír, y a reír a carcajadas a Don Albandigno, y también a Amaranto Valoyes, y así también a sus 9 hermanos y a su madre y a los 999 hombres de su madre, y es entonces cuando uno comienza a moverse al son de sus palabras y de pronto, ya sin saber, te inunda el color, el calor, olor a palo de limón y a pan recién horneado.
Ilustración: Paula Cabildo.

Allí la nana Aspasia Copete envejeció sin atender a ello, sin darse apenas cuenta de que tenía el ritmo en las axilas, y de que éste estaba desapareciendo a la vez que su juventud. En el mismo lugar Bella Paz Murillo Palomeque, la nana Bella, la mujer más fea que se hubiera contemplado en todo Quibdó y sus alrededores, y que tenía el ritmo en la boca, no confió en el amor, aunque a cambio ganó cuatro dientes. Pero en ese mismo momento, la nana Limbania Pretel, que tenía el ritmo en el susuné, estaba aprendiendo “qué cosa es el amor, dónde se siente, qué color tiene y cómo se da… (siempre) con el susuné de interlocutor”, mientras se abandonaba en la gozadera del movimiento de la champa.

AmaliaLú, mi nana AmaliaLú, que tiene el ritmo en la luz que desprende, se deja llevar por las aguas del río Atrato, y de allí, de lo profundo, rescata palabras, suyas de ella, que te mecen y te abren los poros, te cobijan, te sorprenden… De la estrepidacia del aguacero provoca la explosión del lenguaje, de la palabra negra, de la voz.

La literatura y la voz de AmaliaLú, en la selva del Chocó, junto al océano Pacífico, en el Caribe, nos dice que en  este lugar del mundo las mujeres no sólo tienen el ritmo en el susuné, en el clítoris, en el condé, las mujeres tiene el ritmo en todo su cuerpo, en el pensar, en el mirar, en el sentir.

Las nanas de AmaliaLú Posso Figueroa  desprenden un poder, una fuerza, una valentía, una alegría, un gusto por la vida, una pasión, un amor… que nos hace pensar que otro ritmo, no sólo es posible, sino que además existe, y a través de estas pequeñas historias nos lo hace saber, recordándonos nuestra propia enmiedada.

En Quibdó, la Nana Miguelina Cuesta tenía el ritmo en el mirar. Su madre le prevenía “Mirá poquito y despacio, caé en cuenta que no toro mundo está preparado para mirate a los ojos y sostenete la mirada sin que les dé tontina”. Uldarico Mena, que había perdido el ritmo de su caminar se encontró con ella… y “ella le daría sus ojos para que palpara con ellos todas las cosas que ella le iba a mostrar, todas las cosas que ella le iba a enseñar, todas las cosas que ella le iba a regalar”. Y allí también, la nana Fidelia Córdoba, que tenía el ritmo en las tetas, puso sus pezones a disposición de la humanidad para que ésta encontrara la ruta correcta..

A su vez, Delfa García y Jesusita Blandón tenían el ritmo en la voz, en la voz contada… AmalaiLú tiene el ritmo en todo su cuerpo, pero también en la voz, la voz contada y cantanda… “Y esa hermosa cualidad de mi raza negra, de cantar sus alegrías y tristeza, pero de cantar siempre…” se ve reflejada en todos los “ritmos” que nos regala. Ella tiene un ritmo para cada nana, para cada mujer nana que recoge en su libro Vean vé, mis nanas negras (Ediciones Brevedad, Bogotá, 2006).

¡Qué maravilloso sería si en esta parte del mundo, al grito de “al embalcal” nos dejáramos montar en una champa, vean vé, abandonarnos en el sueño de la dormidera y descubrir el color y el calor con la arrechera de la pringamosa!


Clara Alonso es colaboradora de Pueblos.

Este artículo ha sido publicado en el nº 42 de la revista Pueblos, junio de 2010.


Amalia Lú Posso Figueroa nació y creció en Quibdó, Chocó, Colombia. Con su espectáculo Cuentos eróticos del Pacífico colombiano se ha presentado en escenarios de Colombia, España, Francia, Venezuela, Argentina…Vean vé, mis nanas negras, Ediciones Brevedad, Bogotá, Colombia, 7ª ed. 2006. Betsabelina Ananse Docordó, Ediciones Doble Espacio, Colombia, 2009. Cuento “Honoria Lozano” , que forma parte de la Antología Cuentos y relatos de la literatura colombiana, Fondo de Cultura Económica, 2005; y de Cuentos colombianos, Editorial Popular, Madrid, 2009. Ver: http:// orsondiaz.blogspot.com.


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