Muchos alumnos y alumnas de la Universidad Mackenzie, en el centro de São Paulo, en Brasil, comenzaron el curso del 2007 animados con la idea de poder ir a la facultad en metro. Aquel año, una parte del campus fue tomada por operarios que comenzaron a construir la línea 4. La promesa era que estuviese lista en 2010. “En el último año podremos ir en metro”, pensaban. Muchos vivían en barrios lejanos y tardaban más de una hora en llegar. Llegó la graduación, pero no la línea, que se retrasó hasta 2017.
El muchacho era curioso. Cuando el circo llegaba a la ciudad, corría para verlo. Por detrás del telón, observaba las mismas escenas que le encantaban en la pantalla grande del cine. De tanto entrar a escondidas, sin pagar entrada, fue disfrutando cada vez más del circo y del cine. Entonces comenzó a hacer teatro para estar más cerca de lo que quería.
Carlos Stênio Filho, de 22 años, vive en Guarulhos, ciudad vecina a São Paulo, la mayor de Brasil, pero al llegar a casa puede que no tenga agua en el grifo. Con 1,3 millones de habitantes, Guarulhos convive con cortes de abastecimiento que duran hasta 30 horas.
Cuando fue admitido para estudiar física en la Universidad de São Paulo (USP), José Alves escuchó una pregunta incómoda de su madre: ¿cómo iba a pagar el transporte para ir y volver de allí todos los días?
A las elecciones legislativas nacionales de Brasil, marcadas para octubre, llegarán con fuerza candidatos y candidatas de fuera de los partidos políticos para intentar sacar votos a nombres históricos, que ocupan desde hace décadas cargos en la Cámara Federal y en los estados.