El poder corporativo gobierna cada vez sobre más dimensiones de nuestras vidas. La nueva oleada de tratados de comercio e inversión es uno de los instrumentos que utiliza para limitar nuestra capacidad de transformar las condiciones de vida. En este contexto, este artículo propone pensar en formas de recuperar el control sobre la propia vida. Es esta una apuesta intelectual y política de resignificar la soberanía desde los aprendizajes feministas y analizar su capacidad transformadora en el marco capitalista actual.
Sungju (cuyo nombre significa “pueblo de estrellas”) está situado en una zona rural del sureste de Corea del Sur, con una población mayoritariamente campesina cercana a las 4.000 personas y famoso por el cultivo de melón oriental (cham-oe), una de las frutas tradicionales del país. Se trata de un pueblo cuya población quiere vivir felizmente con su familia y comunidad en la tierra donde han residido sus ancestros y seguir trabajándola y manteniéndola en el futuro. Sin embargo su modo de vida se ha visto amenazado en estos últimos años por el proyecto de instalación de un escudo antimisiles denominado THAAD (Terminal High Altitude Area Defense), frente al cual se han organizado. El pueblo y la península coreana quieren la paz, no la guerra.
Los noruegos tienen la tendencia a considerar a Noruega como un país pequeño pero influyente, que suele fijar patrones internacionales para un comportamiento ético y que busca abiertamente el bien para todo el mundo. Además, Noruega es uno de los países que más fondos destina a la ayuda internacional para el desarrollo, ya sea mediante la promoción de la cooperación o a través de su participación, junto con otros países escandinavos, en los procesos de paz de las Naciones Unidas y las políticas medioambientales sostenibles. Sin embargo, nos preguntamos hasta qué punto esta imagen tan benigna es real y cuestionamos cómo es de ética su política internacional y de desarrollo en la práctica, comparada con lo que declara y con lo que se hace en otros países.