Existe un discurso de poder, del poder, según el cual la cooperación internacional, la ayuda al desarrollo, son prácticas extremadamente positivas en las que no cabe crítica alguna porque son buenas por naturaleza. ¿Cómo no va a estar bien ayudar al pobre, construir un hospital y una letrina?
La cooperación descentralizada ha alcanzado enorme relevancia en los últimos años. En España, en los años 80 del pasado siglo se produjeron las primeras experiencias de cooperación en el ámbito descentralizado, en buena medida como una respuesta de los gobiernos locales y autonómicos a las demandas de colectivos sociales comprometidos con objetivos de justicia en las relaciones Norte-Sur. En la década siguiente comenzó a generalizarse la puesta en marcha de políticas de cooperación descentralizada en la totalidad de los gobiernos autonómicos y en buena parte de las entidades locales españolas. Nuevamente fue el impulso de la sociedad civil (especialmente en los años de mayor intensidad del denominado Movimiento 0,7) una de las razones del auge de la cooperación descentralizada en un contexto en el que diferentes comunidades autónomas abordaban sus primeros proyectos de internacionalización[1].