Existe un discurso de poder, del poder, según el cual la cooperación internacional, la ayuda al desarrollo, son prácticas extremadamente positivas en las que no cabe crítica alguna porque son buenas por naturaleza. ¿Cómo no va a estar bien ayudar al pobre, construir un hospital y una letrina?
¿Es la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible[1] una propuesta suficientemente enérgica y adecuadamente orientada para transformar un modelo de desarrollo que pone en riesgo la sostenibilidad de la vida y del planeta? La pregunta, aunque necesaria, es aún de difícil respuesta. En primer lugar, porque aunque la Agenda fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas hace casi ya dos años y entró en vigor en enero de 2016, todavía no ha sido plenamente definida. El marco de indicadores globales para su desarrollo y seguimiento no estará cerrado en el corto plazo y está pendiente aún su concreción en espacios regionales, nacionales y locales. Así pues, la forma en la que se concreten los procesos pendientes en torno a la Agenda 2030 marcará su orientación y su potencial. De cómo se interpreten y se concreten elementos como su carácter integral, o su capacidad de prescribir políticas públicas, dependerá enormemente su capacidad transformadora.