Colombia está en un momento crucial. Las decisiones que adopten el gobierno y las FARC en un futuro cercano determinará la historia del país en la presente y la próxima década. Los líderes que integran la totalidad del arco político colombiano y los jefes guerrilleros tienen una cita con la historia. Unos y otros deben responder con realismo y sin demagogia al imaginario de paz que predomina en la gente colombiana.
En los últimos días, el debate sobre una posible intervención militar de EEUU en Siria agitó las aguas de la izquierda. Sin duda, nadie apoya un posible ataque norteamericano para el que Obama está juntando votos en el Congreso, pero ¿qué decir del régimen de Bachar Al Asad? Ahí vienen las discrepancias. Los sectores nacional-estalinistas, con el argumento de oponerse a Washington, compran el paquete del nacionalismo sirio con moño rojo incluido, transformándolo en un heroico resistente al imperio. Para ello se han dado a la tarea de echar lodo contra quienes, desde la izquierda, no están dispuestos a llenar de flores al oftalmólogo de Damasco que heredó el poder directamente de su padre. Sin duda, como ponen en evidencia las recientes “primaveras árabes”, la situación del mundo árabe es muy compleja y, como las izquierdas son muy débiles y no inciden mucho, eso obliga a tomar partido por bandos ajenos, en general uno más malo que el otro. Tampoco, como se vio en estos días, la derecha mundial tiene consenso sobre Siria.
En relación con la más que probable “intervención” militar del gobierno de EEUU en Siria, hay dos posiciones igualmente absurdas: la de los que pretenden que Bachar Al-Assad no ha usado armas químicas (un asesino que bombardea y lanza misiles a su propia población, que tortura sistemáticamente a su pueblo y degüella a mujeres y niños, es sin duda capaz de arrojar gas sarín o cualquier otra sustancia letal sobre sus ciudadanos) y la de los que pretenden que EEUU no miente sobre el uso de armas químicas en Siria (una potencia capaz de invadir Iraq tras inventarse pruebas y falsificar documentos, que mantiene abierto Guantánamo y que practica rutinariamente ejecuciones extrajudiciales fuera de sus fronteras y desde el aire, es perfectamente capaz de mentir también en el caso de Siria, como tantas veces antes).
Egipto estalló. Como era previsible. Y el estallido se ha llevado por delante a la izquierda árabe. Mejor dicho, a los restos de la izquierda árabe porque ésta, en realidad, se ha suicidado. La situación recuerda mucho a la película “La vida de Brian”, de los fantásticos Monty Python: en la escena final, un grupo de aguerridos –y bien armados- luchadores se acerca a quien consideran líder revolucionario, Brian, que está crucificado, y para salvarle… se suicidan. Pues eso viene haciendo la izquierda árabe desde las tan traídas y llevadas “primaveras”. Quien tenga interés en profundizar en la tesis de quien esto escribe que recurra a un viejo artículo de hace exactamente un año titulado "¿Dónde fueron todas las flores en la 'primavera árabe''?" (1). Quien no, que evite seguir leyendo y no pierda más el tiempo.
Es un placer anunciar que, tras muchas horas de hemeroteca online, nunca había visto una intervención militar tan exitosa como la de Francia en Malí. Basándome en las fuentes consultadas, esta intervención militar no ha causado ni una sola víctima civil o inocente, y sin embargo ha “neutralizado” a muchos cientos de terroristas. En este análisis quiero centrar mi atención en la única víctima de la intervención que he podido corroborar: LA VERDAD.
Hace 55 años el Boletín Oficial del Estado anunciaba el “Tratado de amistad entre el gobierno del Estado español y el gobierno real de Afganistán”, acto político tan monumental en su forma: dos cuartillas con 7 artículos, como en la honra que ha proporcionado a este país: flagrante violación del mismo por parte de España.