En las últimas décadas México ha vivido una transformación profunda, pasando de un modelo económico nacionalista y desarrollista a un modelo neoliberal, basado en la desregulación, las privatizaciones y la internacionalización de la economía. Uno de los ejes más importantes de este cambio de modelo ha sido la privatización del sector energético, especialmente en cuanto al petróleo y la electricidad, a través de un proceso progresivo que culminó con la reforma energética de Peña Nieto en 2013.
Situado en el extremo más occidental de la República Democrática del Congo, no lejos de donde convergen el río Congo con el océano Atlántico, el proyecto Grand Inga podría generar unos 42.000 MW, casi el doble del tamaño de la central eléctrica más grande del mundo, la presa de las Tres Gargantas, en China. El calendario de trabajo marcaba octubre de 2015 como el inicio de esta mega construcción aunque los plazos se siguen postergando. Si se llega a construir, no sin polémica medioambiental y social, se duplicaría la capacidad de producción de electricidad de África de un solo golpe y resolvería lo que Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, llama el “apartheid energético” del continente.
Desde Marruecos y bajando por la cornisa atlántica hasta Ciudad del Cabo (Sudáfrica) o, tal vez, desde las costas mozambicanas hasta las somalíes. Desde Mombasa (Kenia) hasta algún lugar aislado de la República Democrática del Congo. Una de las apreciaciones de cualquier persona que viaja por el continente africano es que, cuando cae la luz del sol, la penumbra es más bien generalizada. Linternas de fabricación china, lámparas de queroseno o móviles sirven de alumbrado público, sobre todo en las zonas rurales, aunque ahora, también, multitud de placas solares pueblan los techos de chapa de muchas aldeas aisladas.