El balance crítico de lo ocurrido en la última década con los llamados gobiernos progresistas no es una cuestión de pasar cuentas con el pasado, sino de estar en las mejores condiciones para afrontar el futuro próximo, frente a esta nueva oleada neoliberal que acecha al continente y frente a los retos de la crisis global.
El pasado mes de julio, con menos de una semana de intervalo, fueron asesinadas Gloria Capitán, en Filipinas y Lesbia Yaneth en Honduras. Ambas tenían en común ser activistas destacadas en defensa de su comunidad frente a proyectos extractivos. Ambas se enfrentaban a intereses empresariales que no dudan en incluir la violencia en su estrategia y que cuentan con la protección y cobertura de sus respectivos gobiernos.
Ante el depredador desmantelamiento de los derechos sociales y la imposición de una lógica individualista de sálvese quien pueda que ha irrumpido hasta en el ámbito de la “solidaridad”, parece más imprescindible que nunca que los colectivos y personas que vienen luchando por el bien común se re-articulen. En este proceso, será necesario tomar decisiones: nos dejamos engullir por el sistema del más fuerte o nos situamos de nuevo junto a las luchas sociales, retomando los principios de la solidaridad internacionalista que parecen haberse perdido en el camino del desarrollo.