El agua, recurso mágico, fuente de vida y emociones, ha sido lealmente custodiada por nuestros ancestros. Su importancia para los pueblos del mundo la ha elevado a categoría de diosa, como Chalchiuhticue, en la cultura tlaxcalteca (México), Ganga, en la India, o Njord, en la mitología nórdica. La historia nos muestra el fuerte vínculo entre el agua y la identidad de las personas, sus creencias, sus lazos emocionales y su visión de la belleza.
En los últimos cuatro años el Consorcio de Busturialdea ha realizado verdaderos esfuerzos por caminar en una dirección que marca un cambio de paradigma en la gestión de aguas, tomando como guía los pilares que fundamentan la Nueva Cultura del Agua. Una apuesta por una gestión pública y participativa que deja atrás la visión del agua como un mero “input económico” para entenderla como un “activo ecosocial”, concepto que incluye además de valores productivos, funciones ecológicas, identitarias y emocionales tradicionalmente ligadas al agua. Se trata de un enfoque que abandona la simpleza de gestionar el recurso para entrar en la complejidad de una gestión ecosistémica vinculada al territorio.
Un abuelo, una madre, un joven y una niña caminan con una pancarta que clama “Por la dignidad de la montaña”. Así es y así fue el grito de las personas olvidadas de un pirineo aragonés que tuvo que ver como sus vecinos y vecinas eran expropiados de sus casas y arrancados de su tierra. La lucha contra el recrecimiento de Yesa es y fue un referente en la oposición a la política hidráulica que condenó a muerte todo un territorio.
El agua es un elemento esencial para la vida y, por lo tanto, deberían garantizarse tres aspectos básicos: el acceso universal a una cantidad adecuada para una vida digna, el saneamiento de aguas residuales y la protección de ríos, acuíferos, lagos y humedales que proveen el agua que utilizamos. En la actualidad, ninguna de estas premisas se está cumpliendo y así lo retratan las cifras que aportan instituciones multilaterales como las Naciones Unidas.