El 21 de marzo pasará a la historia. La fotografía de Obama en la Plaza de la Revolución, depositando flores sobre el monumento de José Martí ante la figura de Che Guevara y Camilo Cienfuegos, es algo que no podremos olvidar. Nadie puede negar que la visita de tres días del presidente de EEUU ha sido cuidadosamente escenografiada. Salvo el extraño apretón de manos entre Raúl Castro y Barack Obama, nada ha sido fruto de la improvisación. Ni siquiera la ausencia más destacable, la de Fidel.
Las crisis económicas que golpearon América Latina en las últimas décadas obligaron a millones de personas a abandonar sus países y a emprender el peligroso camino hacia el norte. Las guerras civiles que azotaron Centroamérica en los años ochenta y los tratados de libre comercio hicieron cada vez más difícil la vida a parte de una población que protagonizó un éxodo en busca de oportunidades. En este momento, las leyes de extranjería y la crisis económica se encuentran detrás del nuevo drama de la migración: la salida de miles de niños y niñas que viajan solos a Estados Unidos buscando el encuentro con sus familias.
“Asia para los asiáticos” se titula el artículo de la prestigiosa Foreign Affairs, donde Gilbert Rozman explica que la amistad chino-rusa llegó para quedarse. No se trata de un artículo cualquiera, escrito por un periodista del montón en un medio de segunda fila. Rozman es profesor de sociología en la Princeton University, autor de numerosos ensayos y libros sobre Asia, incluyendo su último 'El pensamiento estratégico chino hacia Asia' [1].
Parecía raro que un presidente estadounidense completara dos mandatos sin haber iniciado una nueva guerra. Es parte del historial que se le supone a todo inquilino de la Casa Blanca. Los biógrafos oficiales esperaban pacientes, Barack Obama no podía defraudar.
A Barack Obama se le acaba el tiempo. Todavía le quedan tres años largos de su segundo y último mandato, pero cada vez se reduce más su margen para poder sacar adelante alguna de las reformas o medidas estrella por las cuales millones de estadounidenses le dieron su voto, el 52.8% en 2008 y el 50.2% en 2012.
Veinte años han pasado desde Río 92. En la misma línea en que se había planteado la Conferencia de Río+20 de junio de 2012 [1] se han ido celebrando a lo largo de estas dos décadas encuentros internacionales para evaluar los progresos y desarrollar programas de refuerzo. [2] Sin embargo, la declaración final se limita a vagas y suavizadas alusiones al progreso “insuficiente” y “desigual”. Una de las primeras cosas que podemos concluir de Río+20 es, por tanto, la falta de preparación (y tal vez también de honestidad) de los líderes para reconocer tanto la dimensión de la crisis en que el planeta está inmerso como la urgencia del cambio. Una crisis global precisa una visión global, y ésta ha brillado por su ausencia. [1]: Ver: www.uncsd2012.org. [2]: Río+5 en Nueva York, Río+10 en Johanesburgo, reuniones anuales de la Comisión de Desarrollo Sostenible, etc.