El País Vasco ha vivido en los últimos años dos conflicto políticos: por un lado, el de no encontrar encaje administrativo satisfactorio dentro del Estado español; por otro, el de la violencia y violación de derechos humanos. Puesto que no parece que por ahora haya condiciones para avanzar en la 'verdad, justicia y reparación' en el marco de los partidos (ni el Gobierno ni el principal partido de la oposición trabajan por ello), lo que hay es que exigir tanto a ETA como al Estado pasos para desbloquear la situación de manera unilateral.
Llegará un momento en que los años de ETA tendrán que narrarlos personas que no hayan vivido, ni en la misma ciudad ni a mil kilómetros, ningún atentado. Que no lo hayan vivido desde ningún lado. Cuando dentro de un par de generaciones todo lo sucedido estos años termine por simple ley de vida, acabe como acabe, ¿cómo, con qué sentimientos, se contará? ¿Seguirán algunas personas afirmando “el conflicto” mientras otras lo niegan? ¿Qué palabra emplearán quienes nieguen la existencia de un conflicto? ¿Se alabará un proceso de verdad, justicia y reparación? ¿Se podrá hablar de asesinatos sin rodeos ni medias palabras? ¿Derechos humanos, ETA, tercer espacio, Euskadi, Guardia Civil, asesinatos, GAL, cárcel, Euskal Herria, España, independencia, dispersión, askatasuna, conflicto político, País Vasco, miedo, terrorismo, torturas, proceso, participación, justicia, bakea, paz?
Analistas en todo el mundo aclaman el proceso de paz de Sudáfrica como un milagro. Éste condujo a un gobierno basado en la democracia y la justicia en lugar del apartheid, un sistema de leyes que afianzaban las divisiones de raza, género y clase (la ONU calificó el apartheid como “un crimen contra la humanidad”). Sin embargo, veinte años después de este milagro, Sudáfrica sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo. La mayoría de los ricos sigue siendo parte de la minoría blanca; la mayoría de las personas negras no tiene una vivienda digna, agua potable, electricidad, suficiente comida, salud o educación. Éstos no son los resultados esperados por nuestra lucha de liberación.
Los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra de 20 años en El Salvador son una especie de joya de la corona de las Naciones Unidas, sobre todo por el funcionamiento casi perfecto del alto al fuego. Sin embargo, la reflexión política impone la necesidad de distinguir entre guerra y conflicto, entre negociación y confrontación, entre diálogo y negociación, entre paz y guerra; y ésta es la lógica que seguiremos en las siguientes líneas.
El conflicto interno colombiano es un conflicto integral causado por la inequidad en la distribución de la riqueza, el poder político y la concentración de los medios de producción en pocas manos. Nos encontramos en un momento clave para el futuro de este país, pero las negociaciones actuales no parece que puedan llevar más que a un escenario de post-conflicto armado, es decir, de resolución de una de las expresiones de un conflicto mucho más amplio y complejo. La construcción de paz requiere ir más allá, requiere transformaciones reales del modelo hegemónico que no podrán darse sin la participación de toda la sociedad colombiana.
Tanto en la actualidad como a lo largo de la historia, la conceptualización de la paz ha sido profudamente debatida. La paz ha adquirido múltiples y muy diversos significados, incluso contrapuestos, dependiendo de quiénes hablaran o actuaran por la paz[1]. Sin embargo, todos y todas solemos referirnos a ella como si de un concepto unívoco y universal se tratara, cuando no es así.