La información internacional sobre el continente se enfrenta a una encrucijada. Por un lado, se encuentra inmersa en la crisis del sector de los medios derivada, entre otras cosas, de una falta de financiación. Por otro, asiste al movimiento de ONG y organizaciones filantrópicas que deciden apostar por la comunicación como una fuente de inversión segura para sus propios intereses.
El sueño de muchas y muchos periodistas es informar desde zonas de conflicto. Pero con Palestina casi nadie sueña, ya no… Oriente Medio da otros titulares de, con suerte, consumo máximo en 24 horas en los últimos años. Solo si hay muerte, bombardeos o apuñalamientos habrá, como mucho, 60 segundos de telediario entre la cartelera de cine y la sección de breves de noticias internacionales. La misma lógica puede aplicarse a casi cualquier otro conflicto o situación de vulneración de Derechos Humanos que ocurra a más de 1.000 kilómetros de distancia de nuestro hogar. La distancia inmuniza al ser humano ante la desgracia que cree ajena.
La orientadora laboral del colegio en el que estudié Bachillerato me dijo en varias ocasiones que estudiar Periodismo no era una buena idea. Puede que pensara que no estaba capacitada para juntar palabras, pero quizá simplemente estaba pensando en mi futuro. Vivir del periodismo es (casi) una utopía. Puedes estar meses trabajando en un tema que, si tienes un poco de suerte, te pagarán una miseria mucho después. El periodismo no se valora, no se reconoce, no se reivindica ni se trata con el respeto que se merece (sic). Este oficio está enfermo, tanto como la sociedad que acoge nuestro trabajo, y los problemas a los que nos enfrentamos aumentan a diario sin que sepamos bien cómo hacerles frente.
Varios medios de comunicación viven y sobreviven ajenos a la agenda mediática dominante. La sostenibilidad económica es su gran reto.
Periodismo. Esa forma de entender la vida susceptible de ser decorada con múltiples complementos adjetivales (crítico, comprometido, de investigación, alternativo…), que a la postre perfilan una herramienta de contrapoder articulada en torno al valor de la información como derecho de la ciudadanía (y deber de los periodistas). Aunque duela. Porque si es Periodismo, cuanto menos, escuece: “periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas”, reza una sentencia anónima con frecuencia atribuida al escritor George Orwell.
Queremos seguir pensando que no, que no será para tanto, pero cuando ves un vídeo de la directora ejecutiva de Oxfam pidiendo dinero para la crisis humanitaria de Indonesia ante una hilera de trabajadores perfectamente uniformados y limpios que se pasan cubos con el logo bien visible, y acto seguido ves otro vídeo de cómo el partido de ultraderecha Vox congrega miles de personas con su discurso abiertamente racista y xenófobo (“es una invasión-quienes saltan la valla tienen preparación militar-deportación masiva”) es imposible no sentir un retortijón ético e intelectual. Todo resulta terriblemente anacrónico y posmoderno a la vez.
A siete meses de que se celebren las próximas elecciones presidenciales en Brasil, la polarización va incrementándose semana a semana en este país latinoamericano, que se encuentra en los primeros puestos del mundo en cuanto a número de amenazas y muertes de defensores y defensoras socioambientales, de derechos humanos y periodistas. El ascenso de Jair Bolsonaro, de extrema derecha, con un discurso machista, racista y a favor de la pena de muerte, demuestra lo conflictivo que se está volviendo el panorama político brasileño.