Ante el desconcierto y la sorpresa producidos por la elección del nuevo presidente de los Estados Unidos, expertos, politólogos, periodistas, políticos, gente común y corriente… se aventuraron por todos los rincones del mundo a diagnosticar el “suceso”, a valorar lo ocurrido. Pero, ante tanto ruido, ¿alguien comprende qué ha podido pasar para que se produzca esta pérdida de control?
Para poder vislumbrar la posibilidad de una significativa respuesta de izquierda en América Latina a la amenaza del trumpismo debemos tratar de desenredar una maraña de nacionalismos de distinto origen y orientación política.
Confusión y desconcierto a partes iguales parecen caracterizar las relaciones de China y EE UU en los primeros meses de la presidencia Trump. Durante la Administración Obama, Beijing y Washington, en medio de dinámicas que alternaban la contención y la cooperación, recondujeron sus diferencias a la multiplicación de diálogos al más alto nivel con el fin de reducir al mínimo las sorpresas y gestionar los posibles desacuerdos limitando los efectos indeseados. Ese mecanismo tenía como telón de fondo una realidad de intensa interdependencia económica que les obligaba a cooperar para evitar males mayores. Trump quiso hacer borrón y cuenta nueva, pero tras el encuentro con Xi Jinping en Florida se dio vía libre a una reedición ajustada y cuyo recorrido debe iniciarse pronto.
El pasado 25 de febrero cuatro diputados franceses, entre ellos el socialista Gérard Bapt, visitaron Damasco y se entrevistaron con Bashar al-Asad. Esta entrevista suscitó polémica, protestas y hasta una amenaza de sanciones contra su representante por parte de la dirección del PSF, pero lo cierto es que revela la naturalización pública de un reposicionamiento francés, europeo y estadounidense ya asumido sobre el terreno: “¿hay que reanudar relaciones con el régimen de Damasco?”, propone a debate el periódico Le Monde. La postura oficial expresada por Hollande y Cameron sigue siendo la de rechazar “un futuro para Siria que incluya a Bashar al-Asad”, pero ese “futuro”, como ironiza el analista Faysal Al-Qassem, puede esperar aún diez o quince años.