La subvaloración de la fuerza de trabajo oculta en el término ‘ama de casa’ esconde jornadas de más de doce horas diarias para las mujeres campesinas venezolanas: cuidado y crianza, atención del conuco[1], cría de animales, recolección y preparación de alimentos. La posesión y uso de la tierra es un elemento central para la autonomía económica de las campesinas, de ahí que estén presentes en los procesos históricos de lucha, resistiendo en primera fila la mercantilización de la agricultura y la consecuente expulsión del pueblo campesino de sus territorios.
Impulsar, ensayar e implementar alternativas al statu quo se ha convertido hoy en día en una tarea necesaria y urgente, una prioridad estratégica en un momento histórico crítico. Nos dirigimos en este sentido a un atolladero civilizatorio en el que el contexto climático y energético no solo ahonda en las desigualdades y en la violencia como señas de identidad del sistema vigente, sino que también construye un nuevo escenario global marcado por el agotamiento de los recursos fósiles (cuya infinitud era una de las premisas de funcionamiento del capitalismo) y, en general, por la agudización en la insostenibilidad del modelo.
El agua es un elemento esencial para la vida y, por lo tanto, deberían garantizarse tres aspectos básicos: el acceso universal a una cantidad adecuada para una vida digna, el saneamiento de aguas residuales y la protección de ríos, acuíferos, lagos y humedales que proveen el agua que utilizamos. En la actualidad, ninguna de estas premisas se está cumpliendo y así lo retratan las cifras que aportan instituciones multilaterales como las Naciones Unidas.
Cuando se comienza a hablar del Esequibo, a las personas nacidas en tierras venezolanas les vienen a la mente las múltiples líneas transversales que se marcan dentro de esa extensión en el mapa político, líneas trazadas en el imaginario colectivo y vinculadas al sentimiento de pertenencia de un territorio del que Venezuela fue despojada en 1899. Hoy, el Esequibo representa uno más de los múltiples conflictos que en América Latina entremezclan fronteras, acuerdos coloniales de épocas pasadas sin resolver e intereses de empresas multinacionales de diferentes partes del globo.
Este 2015 se cumplen 100 años del nacimiento en Guatemala de Mamá Maquín, mujer q’eqchi’ cuyo verdadero nombre fue Adelina Caal y que lideró a lo largo de su vida multitud de protestas en defensa de la vida, la tierra y el territorio. Precisamente, el pasado 29 de mayo se cumplieron también 37 años desde que en 1978 fuera asesinada por el ejército, junto a otras 52 mujeres, hombres y niños, en la comunidad de Panzós, cuando únicamente, pero una vez más, reivindicaban el derecho a vivir en condiciones dignas y justas.
Durante el recién celebrado XIII Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe[1], 1.500 mujeres feministas reflexionaron juntas desde sus diversas identidades (mujeres indígenas y campesinas, feministas comunitarias, jóvenes, lesbianas y 'trans', trabajadoras del hogar, trabajadoras sexuales, mujeres migrantes y afro-descendientes) evidenciando que el feminismo es un movimiento abierto, que engloba diferentes feminismos, con vocación de enriquecerse, crecer, repensarse y cuestionarse. Los tres ejes de trabajo elegidos fueron: interculturalidad crítica, sostenibilidad de la vida y cuerpo-territorio.