En cuanto a lo primero, la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad de la Educación pone las bases para aumentar la segregación educativa. La nueva organización que propone, el funcionamiento de los centros, los contenidos e itinerarios, apuntan a una segregación cada vez más temprana, separando a quienes estarán abocados al fracaso escolar de quienes aspirarán a la “excelencia”. Una carrera de obstáculos permanentes, de exámenes decisivos y reválidas que van dejando en la cuneta a quienes caen, para que los menos sigan adelante. Competencia entre alumnos, y competencia entre centros, sometidos a modelos de gestión empresarial y presionados por exámenes externos, rankings, presupuestos según resultados, etc.
Si a la “Ley Wert” sumamos los recortes presupuestarios del gobierno central y de las comunidades, los mayores de la democracia, el resultado es la desaparición de tutorías y programas de apoyo y refuerzo, fundamentales para el alumnado con más dificultades; y un profesorado precarizado, desprestigiado y sometido a gran presión por resultados.
Como siempre, la principal damnificada es la escuela pública, cuyo desmantelamiento y asfixia se incrementa, sí, pero apretando lo justo para que siga con vida: mantener una escuela pública problemática, masificada y marcada por el estigma de una mayor fracaso escolar tiene utilidad como contraste frente a la privada y concertada, que en la comparación de recursos y resultados saldrá mejor parada.
Pero más evidente es el segundo objetivo: la preparación de trabajadores a la medida de las exigencias del mercado. Y el modelo educativo propuesto nos permite averiguar cuál será el nuevo modelo productivo en las próximas décadas, que por supuesto no tiene nada que ver con la investigación, la tecnología, el I+D ni el sector de cuidados. Al contrario, el modelo económico tiene más que ver con Eurovegas: trabajadores precarios y poco cualificados.
La segregación educativa, la reducción lectiva a mínimos elementales, el abandono temprano y el cierre de la educación superior (que con menos becas y tasas más altas deja de ser una opción para muchos), se acompaña de la insistencia en el aprendizaje de inglés (el modelo bilingüe en que Madrid fue pionera) y del manejo de Internet. De ahí resulta una mano de obra barata y flexible: trabajadores con conocimientos básicos, titulación mínima, inglés aceptable y alfabetizados digitalmente: justo lo que necesita ese nuevo modelo productivo que pasa por Eurovegas, el turismo extranjero como monocultivo en las regiones costeras o la precarizada economía de servicios en Internet.
En el último escalón del sistema, las y los estudiantes que lleguen al nivel universitario. Aquí el razonamiento de los gobernantes parece transparente: ¿para qué vamos a gastar en educación de calidad si nos esperan muchos años de paro elevado? ¿Para que se beneficien Alemania y otros países destinatarios de la fuga de cerebros? De ahí la contracción de la universidad pública y su entrega al mercado. La retórica oficial insiste desde hace tiempo en la necesidad de que universidad y empresas se entiendan, “hablen un mismo lenguaje”. Ahora es la prioridad: la universidad no debe servir para crear y transmitir conocimiento, investigar o crear ciudadanía crítica, sino que su función principal es proporcionar a las empresas trabajadores adaptados a las necesidades del sistema productivo.
Para asegurarse de que ese entendimiento entre universidad y empresa sea total se abre más todavía la puerta a la financiación privada, de modo que se investigará aquello que el mercado esté dispuesto a pagar, es decir, aquello que sea útil para el sistema productivo. Combinado con el recorte presupuestario aplicado a la ciencia, el “entendimiento” será absoluto.
Todo modelo educativo responde a una decisión política: para qué educamos, para la ciudadanía o para el mercado. La elección en el caso español parece clara.
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Isaac Rosa es escritor.
Este artículo ha sido publicado en el número 56 de Pueblos – Revista de Información y Debate, abril de 2013.
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¿Qué hacemos con la educación?
Agustín Moreno (coord.)
Akal, 2012.
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