Las pocas empresas que sobreviven, agonizan. Los edificios y los elementos que se intuyen dentro de los hangares y los que descansan a sus puertas están fuera de lugar y de tiempo. Las cicatrices y arrugas de sus paredes, puertas y ventanas son señales de una vida corta pero intensa; una vida de verdad.
Algunas fábricas, cansadas, continúan; otras, vacías, llenas de huellas y algún resto, revelan lo que ocurría. Antes eran ellas las que con su gran presencia y su incesante humo engullían barrios enteros, y ahora, tan viejas, unos cuantos arbustos se las comen.
La des-industrialización es el nombre que toma el fin de una época en los países “desarrollados”, debido principalmente al gran número de aspectos favorables para ello que trae consigo la globalización. Esta des-industrialización, en muchos casos, pasa a ser des-localización.

Hace unos cuantos años, el término Globalización estuvo de moda y además gozaba de muy buena reputación; se asociaba a la libertad, al progreso, a la innovación, a la comunicación, al dinamismo y a la democracia, entre otras cosas.
Sin embargo, no se hablaba de que el gran poder económico mundial recaería en manos de unos pocos, ni, en consecuencia, del riesgo de desigualdades sociales y aumento de la pobreza que esto originaría. Este modelo económico, político, social y cultural universal ha creado grandes desigualdades y un sistema en beneficio de los ricos. La necesidad de estabilidad económica alimentó de mano de obra barata la industrialización en el norte hasta que ya no fue tanta esa necesidad y se consiguió otra mano de obra más barata.
Estas nuevas oportunidades, basadas en necesidades más desesperadas, surgidas en países empobrecidos, dieron continuidad a este modelo económico en el Sur.
A diferencia de lo que supuso el modelo industrial en los países del norte, donde, a pesar de existir desigualdades sociales y económicas entre personas empleadas y empresarias, una mayor parte de los beneficios recayeron en el mismo lado del mundo, hoy se explotan los recursos naturales y humanos de los países del sur para el beneficio del norte. El sur trabaja al servicio del norte.
Esta explotación puede prolongarse durante décadas, por un lado, porque el sistema globalizado hace todo lo posible para que esta mano de obra necesitada se multiplique sin cesar, y, por otro, porque el norte es insaciable. ¿Qué pasará el día que este modelo pierda este “equilibrio” y se agote también en el Sur?, ¿cómo serán las ciudades-industria de China, India, Camboya, Bangladesh o Vietnam cuando todas sus fábricas estén muertas?, ¿y qué será de sus habitantes?, ¿y de los habitantes del Norte, de este único mundo globalizado?
Nora Arroita Gómez es fotógrafa.
Artículo publicado en el nº77 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo cuatrimestre de 2018.

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